Don Pedro Pablo es un hombre grande—no en altura, pero en presencia—, de voz gruesa y caminar tranquilo y pausado. Lo conocí por cuenta de su hijo Felipe a quien me lo encontré por acá lejos de Colombia, también estudiando, con una pequeñita de poco más de un año y con una esposa maravillosa. Como anécdota, cuando conocí a Felipe, no puede aguantarme la imprudencia de decirle que casi no se le notaba el acento pastuso. Afortunadamente con don Pedro Pablo no hice lo mismo. (Pero tampoco se le nota.)