Ayer por enésima vez se me acercó alguien a ‘felicitarme’ por la declaración de la Corte Constitucional ante la ley que convocaba a un referendo para decidir sobre una segunda reelección. Los más prudentes, o los que hipócritamente esconden su piel de lobo con un manto ovejero, no han ido tanto allá como felicitarme y primero se han dignado en preguntarme si no estaba yo muy contento—con inocencia o ironía. ¿Por qué? Contra preguntaba yo para forzar una revelación, aun cuando ya sabía de que me hablaban. Pues porque negaron la reelección—responden los muy audaces. Entonces yo trato de enderezar los presupuestos y los implícitos que acarrea la pregunta y aclaro que, primero, lo que se negó fue la ejecución de un procedimiento democrático que había sido, desde un principio, un retorcido ejercicio en el que, antecediéndolo a todo, nunca nos debimos haber embarcado. Y segundo, que, aunque no puedo negar yo cierto grado de alivio por lo que a mis preferencias electorales se refiere a futuro, ultimadamente mi opinión sobre lo ya juzgado es que el solo proceso en sí fue lo suficientemente costoso como para que dicho alivio a futuro sane las heridas y nos haga recuperar el tiempo perdido—mucho menos sentir felicidad.