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	<title>Opinión Personal &#187; Conflicto Armado</title>
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	<description>Casa Editorial Lo Blanco &#38; Lo Negro</description>
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		<title>Quiero ser &#8216;Para&#8217;</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Jan 2010 01:45:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Taborda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflicto Armado]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Don Pedro Pablo es un hombre grande&#8212;no en altura, pero en presencia&#8212;, de voz gruesa y caminar tranquilo y pausado. Lo conocí por cuenta de su hijo Felipe a quien me lo encontré por acá lejos de Colombia, también estudiando, con una pequeñita de poco más de un año y con una esposa maravillosa. Como anécdota, cuando conocí a Felipe, no puede aguantarme la imprudencia de decirle que casi no se le notaba el acento pastuso.  Afortunadamente con don Pedro Pablo no hice lo mismo. (Pero tampoco se le nota.)</p>
<p><span id="more-290"></span></p>
<p>Juliana una amiga bogotana que tiene una personalidad que solo la supera su generosidad, le regaló a Amelia mi hija un disco compacto de canciones infantiles hecho en México en el cual las letras de las canciones tienen su nombre. Se llama el ‘CD-kit de Amelia’. Una de las canciones arranca con la voz de una mamá preguntando: Amelia, ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y se arranca una perorata con ritmo pegajoso que incluye, entre muchas otras cosas, el querer ser policía, bombera, periodista, presidenta. Cada estrofa termina diciendo que ‘pero sobre todo, todo,’ Amelia quiere ser como papá y mamá.</p>
<p>Don Pedro Pablo estaba en Pittsburgh visitando a su hijo y haciendo arreglos para empezar a exportar café de alta calidad de manera directa a tostadoras locales y sin tener que depender de los más bajos precios a los que le compra el grano la Federación. Orgulloso me muestra el sello que las entidades sanitarias de la ciudad le pusieron en la esquina superior derecha de la puerta del balcón del apartamento que Felipe renta. El balcón va a ser la bodega. Piensan solo exportar pequeñas cantidades. El balcón no mide m&aacute;s de seis metros cuadrados pero Felipe y don Pedro Pablo me cuentan que es perfecto para los sacos de café, que serán de los pequeños de cuatro kilos (creo), y que irán sobre una cama de madera que ya acordaron colocar y cuenta con el visto bueno del dueño del apartamento.  </p>
<p>Ese día que llegamos a casa de Felipe y Andrea, como cosa rara, lo primero que nos dijeron fue: ¿quieren un cafecito? Y yo que no tomo café. Para colmo de males, la conversación arrancó con don Pedro Pablo contándonos sobre las diferentes propiedades del café y sobre que, hace unos meses, había conocido al muchacho que el año pasado se ganó el primer concurso nacional de catadores de café durante un curso de catación en el que habían estado juntos&#8212;un joven muy simpático ese Wbeimar, me dice don Pedro Pablo, quien, seguramente con la mejor de las intenciones, como buen padre, acabada la conversación del café pasó a preguntarnos qu&eacute; íbamos a hacer una vez termináramos los estudios. Yo le conté entonces que entre las varias alternativas que existen seguía viva la opción de volver a Colombia&#8212;con el aditivo de que me interesaba hacerlo por la política.</p>
<p>A diferencia de muchas personas a las que les parece una locura que después de tanto estudiar sopese la posibilidad de una vida tan aparentemente diametralmente opuesta a la ingeniería sísmica, don Pedro Pablo mostró un respetuoso interés por la idea y fue más allá para decirme que esos deseos había que perseguirlos para que uno luego, de viejo, no se arrepintiera de no haberlo intentado todo. Los años nos dirán. Yo por mi parte no perdí la oportunidad para preguntarle cómo se veían las cosas desde Pasto, y sobre todo, desde el campo. </p>
<p>Luego de contarme las dificultades que los pequeños y medianos productores de café como él tienen frente al precio de la federación y, sobretodo, frente al precio de las frutas y los granos que son la alternativa para ellos mientras transcurre el tiempo de cosecha del café, me habló un poco más abiertamente sobre lo esencial: la falta de oportunidades para la gente del campo.</p>
<p>Mientras que don Pedro Pablo no tiene reparos en aceptar que seguramente el tratado de libre comercio le traería cosas buenas al país y sus industriales (de ser algún día finalmente aceptado por el congreso estadounidense,) desde su perspectiva se manifiesta preocupado porque las políticas que en esta dirección se han venido tomando en Colombia gobierno tras gobierno, se tomen sin tener seriamente en cuenta sus consecuencias sobre ese otro pulmón ya canceroso del país que es el campo. Me cuenta entonces lo mucho que ha mejorado la seguridad. Y se le nota que le cuesta conciliar esas dos realidades. Me dice que lleva ya varios años pudiendo vivir de tiempo completo en la finca&#8212;que diez años atrás tenía que administrar a distancia. Claro está que esto es porque la vía desde Pasto hasta la finca es pavimentada, me advierte. La seguridad democrática, sigue don Pedro Pablo, es otra cosa y una muy distinta una vez estamos hablando de las carreteras destapadas monte adentro. Ahí no hay tal. Y lo peor, continua, es que los políticos siguen sin conocer verdaderamente a Colombia. Es que no conocen el país que gobiernan, se queja. Y entonces a mi se me viene a la cabeza la imagen de Jaime Garzón contando <a target="_blank" href="http://www.youtube.com/watch?v=cNyizxWCtkk">la anécdota</a> de los parqueaderos caprino, equino, vacuno, o porcino, y las casas de lenocinio autorizadas en el páramo. Y sí, la verdad es que aún con seguridad democrática y concejos comunales celebrados en cada rincón imaginable, la gran mayoría de los políticos siguen sin conocer el país&#8212;al que creen sentirlo en la piel simplemente porque se lo recorren en campaña. Peor, la gran mayoría de los colombianos no lo conocemos tampoco&#8212;y yo me incluyo. Qué exigir entonces. (Y me refiero a conocerlo no como quien se lo ha turisteado de arriba a abajo y se sabe hasta los nombres de los ríos de memoria, sino saber lo que se vive a la orilla de cada río. Qué se cultiva, para qué sirve, cómo se come, dónde se consigue, quién lo vende, cuánto cuesta, por qué no se hace distinto. Y entonces sí: ¿se puede mejorar?)</p>
<p>La cosa para don Pedro Pablo es aún peor, dado que lo poco que se logra parece ser abono para las piedras&#8212;quizás por lo anterior. Entonces me cuenta como el Ministerio de Educación creó unas escuelas de educación media en la que los muchachos de la región reciben un bachillerato tecnificado. La escuela que queda cerca gradúa bachilleres agrícolas. Una idea genial&#8212;en el papel. En la práctica: un desastre. Los jóvenes una vez que salen ya no quieren trabajar ni jornalear como sus padres. Salen con un ‘complejito de superioridad,’ me dijo don Pedro Pablo. Al pueblo vino hace un tiempo el ministrito de agricultura&#8212;al que le dicen ‘uribito.’ En el ‘coliseo’ se echó con entusiasmo de culebrero paisa y ese tono de mal genio que lleva siempre consigo como con necesidad de regañar a todo el que le habla, un discurso aburridor sobre ideas pendejas para el ‘progreso.’ Y luego el otro que lo sucedió. Un par de muchachitos que no tienen idea de qué es lo que es trabajar la tierra y vivir de ella. Los jóvenes campesinos no son tontos. Ellos saben cuando quien les está hablando no sabe sobre lo que está hablando&#8212;mucho menos sobre lo que ellos viven en el día a día. Y para colmo de males, continúa don Pedro Pablo, primero pasa lo de DMG y luego lo del Agro Ingreso Seguro. Entonces estos jóvenes de la región terminan por convencerse de que las instituciones, por un lado, y esos políticos del interior, por el otro, no están por nada que verdaderamente les vaya a arreglar sus problemas. En semejante estado se convierten en personal supremamente vulnerable.</p>
<p>¿Y qué hacen entonces? Le pregunté. Ah, pues eso depende, me contesta.  Los que viven monte adentro donde no llega la seguridad democrática&#8212;sino los falsos positivos, se dedican a proteger lo suyo y arreglárselas con lo único que les da para vivir: los cultivos ilícitos. Los campesinos que están cerca de una cabecera municipal, en cambio, no pueden darse ese lujo. Ahí cualquier bobada que siembren ahí mismo los pillan. Tienen que arreglárselas entonces con lo poco que puedan sembrar y vender decentemente. Pero los precios de los productos agrícolas son muy bajos. Colombia está importando granos y otros productos y eso ha acabado con el campo. Están condenados a la pobreza&#8212;o a delinquir.</p>
<p>¿Y los jóvenes? Pues lo que le contaba antes. La escuela esta no les sirve de nada porque industria agrícola no hay en el monte. En Colombia no se subsidia el agro como en muchos otros países. Y a estos muchachos no les da para irse a una universidad. Entonces sucede lo que le paso a un campesino que yo conozco ahí vecino mío. ¿Qué le pasó? Le interpelo de inmediato. Pues imagínese que el papá es un jornalero de sol a sol. Logró que el muchacho fuera a la escuela y terminara&#8212;que ya es mucho.  Pero una vez terminó se la pasaba en la casa haciendo nada. El papá preocupado le ofrecía distintas opciones. Mijo venga a trabajar conmigo.  No papá, es que usted se quiebra mucho la espalda y vea, para nada. Seguimos igual de pobres. Yo no quiero ser como usted. Entonces trabaje donde fulano, insistía el papá. No, eso es muy duro papá. Y así pasaron los meses hasta que el papá se cansó y lo confrontó. ¡Carajo! Entonces ¿qué se va aponer a hacer?</p>
<p>Pues papá, es que yo lo que quiero es: ser ‘para’.</p>
<p>Me cuenta don Pedro Pablo que el muchacho se fue de la casa del papá y no ha sabido más de él. Me explica también que si se tratara de un campesino de más adentro, la respuesta bien hubiera podido ser que quería ser guerrillero. Ambas ‘profesiones’ ofrecen un mejor sueldo que trabajar la tierra. Con los episodios como lo del AIS y el contacto que tienen con el Estado cuando personas como el Ministro de Agricultura visitan la región o con los llamados falsos positivos, estos muchachos se convierten en tierra abonada para los violentos&#8212;sin importar el bando o la modalidad&#8212;todo por un poco de sentido de existencia&#8212;incluso la existencia misma.</p>
<p>Hay que tener en cuenta que los jóvenes marginales del campo o la ciudad ven en estas instituciones subalternas mucho más que el sueldo&#8212;que ya se sabe que es mejor que a lo que pueden aspirar dentro de la legalidad.  Lo crucial está en que ven también la oportunidad de ser parte de algo más grande que ellos mismos. Un deseo natural en el hombre que en Colombia no hemos sido capaces de sembrar en nuestros hijos, como en la canción del ‘CD-kit’ de Amelia, en forma de imaginarios que giren en beneficio de la sociedad y el Estado. Es decir, aquí casi nadie quiere ser policía, bombero, periodista, o presidente&#8212;y se nos mira raro a los que no nos de pena decir que queramos trabajar en pol&iacute;tica. Estas realidades como las del hijo del campesino vecino de don Pedro Pablo no son aisladas. Por muchos años han sido la norma general. A estas juventudes cualquier discurso en mejor sintonía con su tragedia diaria que el discurso del Estado es música para sus oídos, venga de donde venga. Representan una alternativa radical para la solución de sus enraizados problemas y una opción tangible para acceder a escenarios de poder en los que obtengan el reconocimiento&#8212;sin importar que sea a través del miedo&#8212;de sus pares, de otros jóvenes, de la niña linda del barrio o la vereda, y al poder mismo&#8212;al poder portar un arma, al obtener el respeto que ellos mismos ven nunca se les dio a sus padres que trabajaron de sol a sol en las fincas de los patrones, o el progreso que nunca alcanzaron los que tenían una tierrita propia.</p>
<p>Si en algo coinciden todos los secuestrados políticos que han alcanzado la libertad es en llamar la atención sobre este punto coyuntural de nuestro conflicto. Los jóvenes de la selva (o de igual forma, los de las márgenes de las ciudades) no tienen nada más que hacer. No tienen mejores aspiraciones. Se los come vivos el conflicto. Se los traga y los incorpora a su masa nefasta.</p>
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		<title>Respuesta sobre &#8216;Chocoramo mata Pirulí&#8217;</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 03:44:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Taborda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflicto Armado]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[Gobierno Actual]]></category>

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		<description><![CDATA[Para evitar que tan interesante discusi&#243;n se nos quede en el fondo del foro, el siguiente texto es en atenci&#243;n al comentario de Sebasti&#225;n sobre el art&#237;culo &#8216;Chocoramo mata Pirul&#237;&#8217;. Sebastián, Mil gracias por tu sustantivo comentario. Siempre los disfruto porque así me doy cuenta que al menos vos estás leyendo mis palabras al viento. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para evitar que tan interesante discusi&oacute;n se nos quede en el fondo del foro, el siguiente texto es en atenci&oacute;n al <a href="http://www.loblancolonegro.com/2009/10/chocoramo-mata-piruli/#comment-56">comentario</a> de Sebasti&aacute;n sobre el art&iacute;culo <a href="http://www.loblancolonegro.com/2009/10/chocoramo-mata-piruli/">&#8216;Chocoramo mata Pirul&iacute;&#8217;</a>.</p>
<p>Sebastián,</p>
<p>Mil gracias por tu sustantivo <a href="http://www.loblancolonegro.com/2009/10/chocoramo-mata-piruli/#comment-56">comentario</a>.  Siempre los disfruto porque así me doy cuenta que al menos vos estás leyendo mis palabras al viento.  Hay varias cosas que se me ocurren a raíz de tu argumento, pero prefiero referirme solo a dos en particular en tanto no lea primero el documento que me sugieres.</p>
<p><span id="more-270"></span></p>
<p>Primero, yo no estaba culpando o recriminando al Gobierno como único responsable de la situación del contraste entre el gasto en educación y el gasto en seguridad y defensa.  Mi principal intención con este artículo era hilar una serie de noticias que, creo yo, deberían ser vistas como un todo y no solo como las noticias que nos llegan y se van con cada ciclo noticioso.  También quería contrastar las diferentes formas como fueron presentados los acontecimientos con el paso de los días (por ejemplo, si se enfrenta la reacción del rector en caliente con la columna que luego publicó en El Espectador, o las bipolares posiciones de la Ministra, o las miradas desde orillas opuestas a la partida adicional de los 150 mil millones.)  </p>
<p>Más que una recriminación o asignación de culpa, yo quisiera que la lectura fuera un llamado a reflexionar sobre algo que creo clave para romper el estado de conflicto en el que vive el país: la educación.  Yo bien pudiera contrapuntearte argumentando que en el otro origen del conflicto, los miembros marginales de la sociedad, si estuviesen bien &#8220;educados&#8221;, no le servirían de materia prima bruta a la guerrilla.  </p>
<p>Esto último a cuenta de que lo segundo que quisiera decirte ahora es que tu lectura de mi artículo (quizás porque yo haya fallado en llevar a buen término mis ideas sobre el papel&#8212;aunque sujetar ideológicamente al receptor es cosa imposible) parece estar justamente suscrita al perímetro de ese círculo vicioso en el que se culpa a la guerrilla de que destruya o al Estado de que no construya, a la guerrilla de que se presente como institución alterna al margen de la ley o al Estado de que no se haga presente con todo su cuerpo institucional en los rincones más apartados del país.</p>
<p>Esos dos puntos de vista son cuerpos celestes que orbitan el mismo astro a igual distancia pero uno diametralmente opuesto al otro.  Jamás ninguno podrá alcanzar al otro.  Yo creo que hay que romper ese campo gravitacional y forzar el colapso de alguno de los dos.  Como yo no veo en la guerrilla (ninguna de las dos) a un interlocutor válido, entonces no me molesto en lo más mínimo en alterar su orbita que creo ridículamente anquilosada en ideas putrefactas y vencidas&#8212;que no además contaminada por el cáncer del narcotráfico y sus derivados.  Mi único interlocutor válido es entonces su contraparte legítimamente establecida, es decir, el Estado en cabeza del gobierno de turno y la gente&#8212;ustedes, quienes me lean.  A estos interlocutores válidos si los puedo &#8212;además, debo&#8212; intervenirlos de todas las maneras posibles hasta que haya el espacio para reflexionar sobre temas como el gasto del gobierno central en la educación sin que tenga yo que acallar mis ideas de cuenta de que otros tengan culpa mostrada sobre lo que se pudiera hacer si no nos estorbaran tanto.</p>
<p>En palabras simples, reflexiono sobre el papel del Gobierno porque es de quien espero más.  Pero por encima de todo, reflexiono sobre nuestra visión misma acerca de qué es lo importante.  Y cuando digo nuestra visión me refiero a todos como sociedad.  Yo personalmente tengo hoy la convicción de que lo importante no está en la carrera militar&#8212;pues aun si ello llevara a la solución del particular de las guerrillas, no hay garantía de que nuestra sociedad pudiera asimilar ese éxito sin resquebrajarse moral y éticamente al caminar ese curso por la misma vía de las armas.  Por eso creo necesario hacer una constante revisión de ello hasta más allá del punto del cansancio.</p>
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		<title>Déjà vu</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Aug 2009 02:56:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Taborda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflicto Armado]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya no recuerdo de quien lo aprendí que siempre cargo un libro en la mochila por aquello de que no se sabe dónde le toque a uno esperar y más vale tener algo a la mano para leer&#8212;distinto a vallas publicitarias o revistas viejas. En los últimos meses no he tenido que esperar mucho en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya no recuerdo de quien lo aprendí que siempre cargo un libro en la mochila por aquello de que no se sabe dónde le toque a uno esperar y más vale tener algo a la mano para leer&#8212;distinto a vallas publicitarias o revistas viejas.  En los últimos meses no he tenido que esperar mucho en ninguna parte y me vi limitado a echarle diente al libro que venía cargando únicamente en los quince o veinte minutos diarios de trayecto en bus a la universidad.  Pero ya por fin lo terminé&#8212;el primer tomo.</p>
<p><span id="more-146"></span></p>
<p>En diciembre de 2007 lo vi por primera vez.  Me había entrado a la Librería Nacional en busca de un libro para regalarle a Maria del Carmen, Pelando la Cebolla de Günter Grass; y se me antojó (necesario) comprarme un libro sobre Historia de Colombia&#8212;de la cual confieso saber de nada a muy poco.  Como el de Grass era fácil de encontrar porque recién había salido a la venta, me concentré en lo segundo.  Para mi tristeza, rápido me encontré perdido entre puros estantes llenos de <em>best-sellers</em> importados, nuevos y viejos, revistas con mujeres desnudas y un remedo de Starbucks criollo en medio de la librería.  Por más que yo traté de levantar la cabeza componiendo una autentica cara de comprador embolatado, nadie se acercó a ayudarme.  Decidí salir por donde mismo entré y me pasé al local de al lado donde queda la Librería Científica&#8212;que es más pequeña, menos sofisticada, tiene claro que lo suyo es vender libros y no anda buscando parecerse a Barnes &#038; Noble o Borders.</p>
<p>En contraste, al momento me abordó un empleado de la librería&#8212;pongámosle Pedro&#8212;y yo le dije: ando buscando un buen libro sobre Historia de Colombia (en narrativa). Pedro le pensó un momento y me dijo que no creía tener algo sobre historia patria en el momento pero que tenía varios sobre historia contemporánea.  Le dije que igual me interesaba y arrancó a mostrarme.  </p>
<p>Pronto Pedro y yo nos dimos cuenta que cuántos libros me mostraba, tenían todos un tema en común: violencia.  Rápido nos encontramos en frente de una sección con varios libros de Alfredo Molano&#8212;a quien yo había leído en El Espectador pero de quien nunca había tenido libro alguno.  Pasamos también por Razones de Vida, de Vera Grabe, y por muchos otros escritos por periodistas y capos caídos con sobre temas de de ayer y hoy.  Le dije a Pedro que esto último definitivamente si no me interesaba&#8212;entonces nos regresamos a lo de Vera Grabe y Molano y como lo de la primera era sobre el ya extinto M-19 pensé que lo de Molano&#8212;principalmente sobre las FARC&#8212;era finalmente de más relevancia para entender el presente con un poco de ayuda del pasado.</p>
<p>No obstante, Pedro me hizo detener frente a un libro&#8212;dos tomos&#8212;que había unos estantes debajo de los de Molano.  Se titulaban: La Violencia en Colombia, por Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna.  El primero de lomo rojo y portada negra, el segundo lo opuesto&#8212;llamativos y de bonita edición.  Se trataba de la reimpresión que la editorial Taurus hizo en 2005 de sus originales publicados en 1962 y 1964 (<a href="#resenas">ver reseñas</a>).  Me enamoré de ellos.  Les miraba por delante y por detrás como quien busca encontrarle un desperfecto a algo para poder rechazarlo sin remordimiento.</p>
<p>Finalmente les encontré el defecto y para no hacer larga la historia, la cosa se redujo al presupuesto.  Yo tenía en el bolsillo como unos $60.000, Pelando la Cebolla de Grass costaba unos $35.000, y Trochas y Fusiles de Molano (el que más me recomendó Pedro) estaba por los $20.000, así que la cosa cuadraba y me dejaba para el taxi.  Mientras que los tomos de La Violencia costaban cada uno $45.000&#8212;hoy ya cuestan $55.000&#8212;y ahí no hubiera alcanzado para la obligada cebolla de Günter.</p>
<p>De todas formas me quedé picado porque de todo lo que me había mostrado Pedro, lo que más cara de historia tenía era justamente lo que no pude comprar.  El libro de Molano me lo leí a principios de 2008&#8212;bueno&#8212;y luego le conté a Maria del Carmen sobre los dos tomos de La Violencia que me habían quedado sonando.  En agosto de 2008, cuando Maria del Carmen empezó el doctorado en literatura, por esas vueltas de la vida, en uno de sus primeros cursos tuvo que leerse el libro de Vera Grabe&#8212;que entonces compramos&#8212;y hacer un trabajo sobre el de Molano&#8212;que ya teníamos.  El de Grass no salió tan bueno y yo de todos modos seguía con el antojo.</p>
<p>En diciembre de 2008 llegó mi aguinaldo.  Incluía, entre otras cosas, los dos tomos de Guzmán Campos y compañía.  De todas formas tuvieron que esperar a que me terminara unas lecturas que ya tenía empezadas.  Hace un par de meses le llegó la hora al primer tomo y ya por fin me lo terminé.  Digo por fin, porque debo confesar que no es fácil.  De hecho, es pesado; y yo que soy lento para todo hice de su lectura algo parsimonioso.  Además lo tomé como lo que es, un libro prácticamente académico (aunque al mismo tiempo denuncia y testimonio).  Lo llené de notas al margen y ahora que lo tengo aquí al lado veo que no dejé pasar más de dos páginas sin subrayar párrafos enteros, escribir reflexiones, y hacerle más y más notas al margen.</p>
<p>Este primer tomo de unas 360 páginas le pasa revista rápida a la Colombia que se forjaba entre 1930 y 1946, y luego se adentra en una seria mirada a los acontecimientos de la llamada &#8220;violencia&#8221; que se dio en nuestro país entre 1948 y 1958, y termina ad portas del período presidencial de Alberto Lleras Camargo.  No solo se limita a la narración y denuncia de hechos, sino que gracias a la privilegiada posición del primer y principal autor, Guzmán Campos&#8212;quien fuera párroco en El Líbano, Tolima y parte de la comisión encargada por la Junta Militar de establecer las causas de la violencia en Colombia&#8212;posee una prosa especial que ayuda a entender cómo transcurría la vida de aquellos años que por siempre nos afectarían.</p>
<p>No sé de sociología o ciencias afines pero estoy seguro que hoy, 47 años en la distancia, muchas de las técnicas o aserciones que se usan o se hacen en el libro quizás puedan ser rebatibles.  Sin embargo, el texto está lleno de paradigmáticas semejanzas con la realidad actual. Lleno de sorpresivas realidades aún latentes.  Le pone a uno de frente los hechos (que hoy también sabemos) insolutos de la vida de miles, millones de Colombianos por más de 50 años y parece increíble que los fenómenos descritos, las frases y las conclusiones de un texto escrito hace tanto tiempo bien pudieran ser extraídas hoy para describir buenos apartes de la política actual, el estado del conflicto, los motivos de los actores en el mismo, y en general, la vida de todos como habitantes de un mismo territorio que pareciera estancado en el tiempo.</p>
<p>Se lo recomiendo a todo el que quiera hablar seriamente sobre el continuado estado de conflicto en el país y me traigo una frase que Fals Borda escribió para el prologo de la edición de Taurus en 2005:</p>
<blockquote><p>&#8220;Ahora [...] estamos repitiendo la dosis de manipulación mediática, persecución, autoritarismo y mesianismo que creíamos superados [...].  Los ciclos de violencia y terror se han venido repitiendo así con autores y actores redivivos que apenas cambian de nombre o apelación, pero que siguen haciendo los mismos crímenes,&#8221;</p></blockquote>
<p>sobre lo que luego se sorprende por la &#8220;extraordinaria capacidad de aguante&#8221; del pueblo colombiano. A lo que yo le agrego mi sorpresa a nuestra infinita estupidez, que nos ha mantenido inmóviles ante los continuados abusos de poder de parte y parte, de los cuales, los que más desconsuelo producen, son aquellos provenientes de quienes más esperamos&#8212;aquellos que están dentro de la &#8220;legalidad&#8221;.  </p>
<p>La nuestra, además, es una estupidez pasiva y sin memoria, sin conciencia histórica.  Ciudadanos cautivos del momento presente y el entorno inmediato, sin saber, ni poder &#8212;y quizás ni querer&#8212; ver más allá de los acontecimientos diarios.  Hipnotizados.  Viendo espejismos de victorias edificadas sobre el mismo vacío de las derrotas.  Recreando sectarismos partidistas con nuevas formas de polarización al rededor de conceptos que no deberían tener dueño.</p>
<p>Entonces pienso de nuevo en aquello que es lo más delicado e imperativo por cambiar, la continuada renuncia voluntaria a intervenir y participar, que lo único que ha hecho de nosotros es convertirnos en idiotas útiles de causas mezquinas. </p>
<p>Ahora ando con un libro distinto (Counselor, de Ted Sorensen) para &#8220;variar&#8221;, y en unos meses espero poder leerme el segundo tomo.  Además, ya que conté la historia de cómo llegaron a mis manos, puedo luego encontrar el tiempo para extraer algunas de esas notas al margen y expander cosas que acá ya alargarían mucho el cuento.</p>
<p>Por último, las notas al respaldo de ambos tomos que, irónicamente, obtuve de la página Web de la <a href="http://www.librerianacional.com/">Librería Nacional</a> y un vínculo a una reseña que se public&oacute; en 1999 en la revista Credencial Historia sobre la edición original, disponible en la página de la biblioteca Luis Ángel Arango.</p>
<p><a name="resenas"></a></p>
<h2></h2>
<p>Leer la reseña de la revista Credencial Historia <a href="http://www.lablaa.org/blaavirtual/revistas/credencial/febrero1999/110laviolencia.htm">aqu&iacute;</a>.</p>
<table>
<tr>
<td>
<img src="http://www.loblancolonegro.com/my_images/violencia_tomo_i.png" alt="" />
</td>
<td style="vertical-align:top;">
En 1958, bajo el gobierno de la Junta Militar, se creó una comisión encargada de establecer las causas de la violencia en Colombia. De esta comisión hizo parte monseñor Germán Guzmán, párroco de El Líbano (Tolima), una de las zonas más afectadas por la brutalidad que se había batido sobre nuestro país después del trágico 9 de abril. Monseñor Guzmán compiló voces e imágenes de actores, víctimas y testigos, una enciclopedia de la infamia que despertó el interés de Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, fundadores e investigadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional y quienes invitaron a monseñor Guzmán a escribir un libro conjunto: La violencia en Colombia.
</td>
</tr>
<tr>
<td>
<img src="http://www.loblancolonegro.com/my_images/violencia_tomo_ii.png" alt="" />
</td>
<td style="vertical-align:top;">
En 1964 salió a la luz este libro, el segundo tomo de La Violencia en Colombia, como respuesta a la enconada polémica que había suscitado la primera entrega del texto por su carácter de denuncia frente a la terrible situación que atravesaba el país.<br />
Como continuación del primero y la réplica a toda la polémica que se había despertado, este nuevo tomo se aleja del testimonio de los diferentes actores, víctimas y victimarios de la violencia, para adentrarse en el análisis sociológico, teniendo como eje principal los códigos de los alzados en armas y la, así llamada, Ley del Llano.
</td>
</tr>
</table>
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		<title>La deuda pendiente</title>
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		<pubDate>Fri, 22 May 2009 04:40:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Taborda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflicto Armado]]></category>
		<category><![CDATA[Ejercicio Ciudadano]]></category>
		<category><![CDATA[Gobierno Actual]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras el paso del tiempo, y conforme continúe el aparente avance de la resolución del conflicto colombiano por la via armada, se esconde en verdad uno de los potenciales más grandes errores que pudiéramos cometer como nación: sepultar en la conciencia colectiva, y con el cambio generacional, los orígenes más profundos del problema&#8212;el olvido estatal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tras el paso del tiempo, y conforme continúe el aparente avance de la resolución del conflicto colombiano por la via armada, se esconde en verdad uno de los potenciales más grandes errores que pudiéramos cometer como nación: sepultar en la conciencia colectiva, y con el cambio generacional, los orígenes más profundos del problema&#8212;el olvido estatal al que han sido relegados por décadas grandes sectores de la población&#8212;y por lo tanto substituir las no pocas falencias del estado por un (cosmético) problema de cobertura en seguridad y monopolio de las armas.</p>
<p><span id="more-75"></span></p>
<p>El pasado 15 de abril se publicó en la revista Cambio un artículo titulado: &#8216;Jóvenes serán decisivos en las próximas elecciones&#8217;, por José Manuel Acevedo. El cabezote del mismo leía: &#8220;Son uribistas, les interesa la política, y el desempleo es su mayor preocupación&#8221;. Sin embargo, el cuerpo del artículo daba para múltiples interpretaciones y el cabezote no era digno del contenido sino quizás un escape del &#8216;inconciente&#8217; de los medios. Las contradicciones en el artículo eran tales que, a pesar del prólogo citado arriba, la sección titulada &#8216;Cómo ven a Uribe&#8217; arrancaba así: &#8220;A juzgar por diferentes episodios que han sucedido en eventos con jóvenes, estos no son precisamente los mas fanáticos seguidores del presidente Uribe&#8221;. Pero si el articulo dejaba ver una u otra tendencia política en la juventud colombiana eso en verdad es un asunto por verse. Una cosa es el alto índice de aceptación de un gobernante (alrededor del 70% entre la población de 18 a 35 años), y otra muy distinta la intención de voto&#8212;sobretodo cuando en camino se vienen figuras como Sergio Fajardo, cuyo potencial atractivo entre la juventud esta por medirse. Lo que sí es cierto es que para el 2010 la población votante en Colombia evidenciará qué tipo de cambio generacional se este dando en el país y marcará cual sea la atención que le debamos poner a asuntos del pasado (y el presente) que son claves para resolver el futuro de todos.</p>
<p>Quienes vayan a votar por primera vez en las elecciones de 2010 son los ciudadanos que nacieron alrededor de 1990. Esto quiere decir que los futuros votantes entre 18 y 24 años serán personas que no tengan experiencia cívica en una Colombia anterior a la Constitución de 1991&#8212;o lo que quede de ella para entonces. Serán personas que hayan pasado de la adolescencia a la adultez durante los (para entonces por cumplirse) ocho años del gobierno Uribe. Los que para 2010 tengan entre 25 y 34 no distan mucho del escenario anterior. Nacidos alrededor de 1980, su memoria ciudadana arranca a partir de la guerra contra los carteles. En suma, la población joven de Colombia entonces será una a la que las palabras &#8216;proceso de paz&#8217; solo le registren en su memoria como sinónimo de los diálogos del Caguán. Eventos como la toma del palacio de justicia, o los diálogos de la Uribe durante el gobierno de Betancur son cosa de un pasado cada vez más distante&#8212;imágenes borrosas a lo sumo. Su concepto de un partido de izquierda se asocia predominantemente con el Polo Democrático Alternativo&#8212;atrás habrán quedado los difuntos militantes de la Unión Patriótica que nadie extraña, y ni que decir de los fenómenos comunistas y anarquistas de los sesenta y para atrás. Esto es mucho más delicado sobretodo porque aquellos que osan hacerlo (recordar, quiero decir) son considerados parias sociales, &#8216;nostálgicos de la violencia&#8217;, como los bautizó el presidente hace un par de años estigmatizando así a todo aquel que pretenda manifestar abiertamente tener una memoria de la patria anterior a 1990 ó 1980. A esta nueva generación de Colombianos se le hace extraño que el aparato del narcotráfico haya alguna vez operado separado del conflicto armado. La década de los 90 la vieron a través de los ojos de sus padres y hoy identifican a los grupos armados fuera de la ley con el prefijo narco (narco-paramilitares o narco-guerrilleros) como cosa que se da de forma natural en el lenguaje. Y en materia global, cosa no menuda, esta generación alcanzó la madurez de conciencia de mundo bajo un solo significante fraguado en la palabra terrorismo, aquel acuñado luego de los eventos del 11 de septiembre de 2001.</p>
<p>Todo esto puede sonar a una descripción ligera del cambio natural intergeneracional, pero no es asunto banal.  Si en Colombia se le continúa dando validez a la presunción de que existe una única salida al conflicto y que ésta solo pasa por la avenida armada, estaremos ad portas de (intentar en vano) sepultar vivo el origen social de nuestros problemas; de continuar dejando en el olvido a quienes habitan en los margenes.  Esto mientras el establecimiento, como un todo, contin&uacute;a tapando el sol con un dedo, pretendiendo ocultar lo que más obvio no puede ser ¿o es que acaso no lo es? Estamos en deuda con todo un pa&iacute;s, bien haríamos en comenzar a abonarle tanto al capital como a los intereses.</p>
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		<title>Ganar será perder</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jun 2008 21:51:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Taborda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflicto Armado]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>

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		<description><![CDATA[Durante los 80&#8242;s y los 90&#8242;s, Francisco Maturana trato de todas las maneras posibles de convencer a la crítica deportiva y a los aficionados del fútbol, y por ahí mismo a un país entero ávido de momentos de alegría nacional, sobre la idea de que perder es ganar un poco. Ahora, Cesar Gaviria anda empecinado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Durante los 80&#8242;s y los 90&#8242;s, Francisco Maturana trato de todas las maneras posibles de convencer a la crítica deportiva y a los aficionados del fútbol, y por ahí mismo a un país entero ávido de momentos de alegría nacional, sobre la idea de que perder es ganar un poco. Ahora, Cesar Gaviria anda empecinado en una labor similar, igualmente difícil pero muy loable en su fin. Tratar de convencer al país de que ganar, como lo estamos haciendo, será perder. En el fondo, los dos le dan en la cabeza al clavo. Maturana intento a costo propio clavar ese clavo sobre roca durante mucho tiempo y cuando menos pensó le quitaron el martillo, se le llevaron los clavos y movieron la piedra de lugar. Para entonces, el país futbolístico ya iba en otra dirección&#8212;de la que hoy pareciera si apenas recuperarse. Pueda ser que a Gaviria el país político no se lo quiten de las manos sin darse cuenta y que logre ahondar en la opinión publica la necesidad de fortalecer, ante todo, las instituciones.</p>
<p><span id="more-8"></span> </p>
<p>Maturana &#8212;a quien yo no pretendo defender por sus estrategias futbolísticas, pero a quien si entiendo en su filosofía del trabajo&#8212; en ningún momento quería vendernos la idea de que perder fuera bueno. Lo que sí quería vendernos era la idea de que solo se gana en en verdad, cuando se progresa. Convencernos de que el triunfo no es fortuito. Que la victoria es pasajera. Quería que entendiéramos que el progreso es mejor que un instante de alegría fugaz. Es decir, que viéramos mas allá de nuestras narices. Ese progreso sostenido hacia el futuro solo se consigue con el fortalecimiento de las bases y las instituciones. Con el respaldo de un método y el respeto por lo establecido. Con una cultura de disciplina&#8212;disciplina ciudadana y política. Eso es lo que deberíamos compartir sin reparos y lo que anda promulgando el ex presidente Cesar Gaviria. Eso es lo que yo le entiendo, entre otras cosas menudas, y es una idea que respaldo porque tiene visión a largo plazo.</p>
<p>La personalizacion de la política que se da dentro del estilo de gobierno del presidente Uribe, con todo y sus logros, esta poniendo en un riesgo mayor al establecimiento colombiano y a sus instituciones. Ganar la guerra, a este costo, será perder.</p>
<p>En otras ocasiones he pensado, y ocasionalmente escrito, que los colombianos tenemos que hacer una reflexión profunda sobre cual es el costo que estamos dispuestos a pagar a cambio de la solución del conflicto armado. Hay costos a corto, mediano, y largo plazo. Los hay unos más baratos y otros más caros. La mayoría son viables y cada cual ofrece resultados distintos. Por desdeño sobre la cosa política, durante muchos años dejamos esa reflexión en manos de otros&#8212;en manos de las guerrillas y los gobiernos de turno. Elección tras elección nos hemos embarcado en naves con distintos rumbos o sin rumbo alguno. Uribe, por lo que ha logrado &#8212;no él sino su gobierno&#8212; y que además todos reconocemos, ha convencido a la mayoría de que la solución puede llegar por medio del ejercicio cumplido de la fuerza legítima del estado&#8212;bajo la sombrilla del concepto de seguridad democrática. En Colombia se ha afianzado entonces la tesis de que la guerrilla puede ser derrotada. Pero la cuenta de cobro se nos está saliendo de las manos a todos. Y bajo el espejismo del triunfo vamos a perder lo mas sagrado en el estado: las instituciones.</p>
<p>El crecimiento desmedido de las coaliciones; la posibilidad de una nueva reforma que permita una tercera reelección; el paso en blanco de leyes de importancia como la reforma política; la deslegitimación del otro como opositor con un uso unilateral de retorica en el discurso; y la agrabada polarización del país que está a punto de pasar de los partidos al pueblo, no nos llevan por buen camino. A este paso nos va a ocurrir al contrario que a Maturana: ganar será perder&#8212;y mucho.</p>
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		<title>Expansión en Series</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Feb 2008 21:46:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Taborda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflicto Armado]]></category>

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		<description><![CDATA[Con todo el asunto de la marcha en contra de las FARC fueron muchas las conversaciones que tuve con amigos y no tan amigos. Entre las que mÁs me absorbieron fue una que tuve con una amiga de firmes creencias. Un hueso duro de roer. Ante la sorpresa de que yo, un puro fruto del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con todo el asunto de la marcha en contra de las FARC fueron muchas las conversaciones que tuve con amigos y no tan amigos. Entre las que mÁs me absorbieron fue una que tuve con una amiga de firmes creencias. Un hueso duro de roer. Ante la sorpresa de que yo, un puro fruto del establecimiento, fuese de la creencia de que había algo más en Colombia que el mal que por si misma representan las FARC, largos fueron los argumentos sobre las posibles soluciones y alternativas que deberemos enfrentar en el futuro como colombianos. Uno de mis argumentos en los que ella más reparó era el de mi creencia de que tarde que temprano, tendremos que sentarnos de nuevo con las FARC en una mesa de dialogo. Y la mayor razón que yo encontré para explicarle mi posición al respecto fue que las FARC eran solo un término en la expansión en series de la ecuación del conflicto colombiano. (!Qué!)</p>
<p><span id="more-5"></span></p>
<p>Me perdonarán si me voy a meter en temas de matemáticas pero es la mejor metáfora que se me ocurrió. En las palabras más simples de las que puedo echar mano les diré que está hasta buen grado de precisión demostrado que cualquier función, por compleja que sea, puede representarse como una expansión en series&#8212;de senos, cosenos o Fourier. Cuando de un lado tenemos entonces la función original, del otro tenemos una serie o series de términos en los cuales la función original se puede, por decirlo de alguna manera, desglosar&#8212;expandir. Cada uno de los nuevos términos de la serie son acompañados en frente de sus respectivos coeficientes. Esta igualdad, la de la funcion original igual a su expansión en series, conforma una ecuación cuya solución consiste en encontrar todos y cada uno de los coeficientes que definen el peso que cada uno de los términos de la expansión poseen, para representar apropiadamente la función original. Estos coeficiente pueden ser independientes entre si o, por el contrario, depender unos de otros. Lo segundo, haciéndolos mucho más difícil de encontrar o resolver.</p>
<p>Pienso yo entonces que la compleja función de la problemática colombiana bien pudiera expandirse en una elegante serie de Fourier, en la cual múltiples términos de senos y cosenos se conjuguen entre si para acercarnos a la solución futura.</p>
<p>Entre los muchos términos que esa expansión poseería, están los factores económicos, de educación, narcotráfico, pobreza, paramilitares, guerrillas, políticos (asuntos y agentes), ciudadanos, etcétera. Términos, por ejemplo, como el de los paramilitares y el narcotráfico tienen coeficientes que son interdependientes; al igual que narcotráfico y guerrilla, o narcotráfico y política. Mi punto no es recalcar que narcotráfico está metido en todo&#8212;aunque así quizás lo sea&#8212;sino ejemplificar que la solución de algunos términos indudablemente implicará preocuparnos por los coeficientes que acompañan a otros.</p>
<p>Guerrilla, por ejemplo, es un término cuyo coeficiente es aun desconocido. Sabemos bien que es interdependiente de los coeficientes de los términos de problemas sociales, narcotráfico, historia política, educación, presencia estatal. Pero no tenemos un consenso de cuál sea su peso total en la ecuación. Es decir, no tenemos un consenso sobre si, encontrado el coeficiente que acompaña el término de la guerrilla, la función que compongan los términos ya conocidos, se acerque a la original que describa correctamente la problemática colombiana&#8212;y entonces tengamos una solución sino exacta al menos cercana. Algunos piensan que el coeficiente de la guerrilla es de los que más peso tienen en la ecuación, es decir, que solucionado ese estaríamos muy cerca de la solucion completa. Otros, yo entre ellos, admitimos abiertamente que su peso si bien es significativo, no lo es el más significativo.</p>
<p>Más allá de ello, conocer su peso aun no nos soluciona el problema de la interdependencia de su coeficiente con aquellos correspondientes a otros términos. ¿Podemos entonces hallar el coeficiente de la guerrilla sin tener en cuenta el del narcotráfico o el de la presencia del estado o el de lo social? La experiencia del proceso de paz con los paramilitares pareciera indicarnos que no; y que el efecto sería simplemente tener un resultado erróneo sobre su coeficiente. Mas aun, aproximado. ¿Qué tan aproximado? Es cuestión de opinión.</p>
<p>Pero esto último quizás sea algo en lo que el gobierno actual tenga buena parte de razón. Aun cuando se nos hayan colado unos cuantos o unos muchos narcos en el proceso de paz con las autodefensas, la solución aproximada de su coeficiente nos pone más cerca de la solución de lo que estábamos antes. Permite despejar otros términos que no conocíamos bien&#8212;parapolítica&#8212;y desglosamos aun más los términos del lado de la serie. Resulta entonces que si bien el coeficiente que hoy conocemos para el término paramilitar no es el correcto, y no podría serlo porque necesitaríamos encontrar otra buena cantidad de términos&#8212;los que inter-dependen de él&#8212;, es de todas formas una aproximación al correcto. Bajo esta tesis, es que tendremos que, pienso yo, tarde que temprano, regresar a la mesa de dialogo con las guerrillas. Esta aserción nos permitiría además dejar para un segundo plano el tema del formato, que muy comúnmente anteponemos al hecho mismo de si negociar o no.</p>
<p>Ahora bien, en que condiciones hacerlo si está buena parte del asunto. Por condiciones me refiero a cuántos otros coeficientes sería bueno resolver antes de enfrentar el coeficiente de la guerrilla de nuevo. El gobierno actual es de la consideración de que el coeficiente que acompaña el término de seguridad en la expansión es necesario para poder forzar la solución del coeficiente del término de la guerrilla. Y es un argumento valido. Otros son de la opinión de que los coeficientes que dan peso a los términos de factores sociales, de educación, de presencia del estado, son de mayor peso y relevancia para forzar la solución del coeficiente de la guerrilla. Los valores de todos estos coeficientes están lejos de ser resueltos, especialmente cuando todo parece reflejar el hecho de que el coeficiente que acompaña el término del narcotráfico parece estar presente y ser ingrediente necesario para la solución de todos los demás.</p>
<p>La presencia del narcotráfico no mejora la situación si reconocemos que este término no solo está presente en la ecuación del conflicto colombiano, sino que además es parte de la ecuación del conflicto global. Está entonces, en buena medida, fuera de nuestro alcance resolver su coeficiente.</p>
<p>Yo propongo entonces relajar (no de relajamiento y descanso, sino de flexibilizar y permitir aislar) el coeficiente del narcotráfico y lograr así una solución aproximada a otros de los coeficientes&#8212;en especial el de la guerrilla. Esto, en cierta medida y de manera práctica, no es cosa distinta que lo que ya se hizo con los paramilitares (no que yo lo aplauda, pero si que lo comprenda). En carta blanca, este relajamiento del coeficiente se traduce en permitir que se nos cuelen unos cuantos narcos en los procesos de paz, con la esperanza de identificar, registrar, y recuperar otros muchos (campesinos, pobres, muchachos sin futuro y similares), y de paso revelar hechos (masacres, crímenes, violaciones) a los cuales con los medios previos no hubiésemos tenido acceso de conocimiento. ¿Podemos hacer esto mismo con las guerrillas? ¿Cuántos son unos cuantos narcos? La experiencia actual es que resultaron ser más de los que pensábamos. Pero los muchos a su vez resultaron ser muchos más también.</p>
<p>Mi punto siendo que, bajo este escenario, sería entonces contradictorio el argumento de que no negociamos con narcoterroristas cuando es hecho por un gobierno y un legislativo&#8212;que no una nación entera&#8212;que ya negoció con otros narcoterroristas. Porque, no nos hagamos trampa a nosotros mismos, los paramilitares también eran narcos y también eran terroristas. La diferencia está entonces (no queriendo meterme ahora en el tema de los secuestrados, que ha sido de parte y parte) en que los paramilitares no traían a la mesa el discurso de las gallinas y los marranos que les mataron en La Uribe, sino el de quién les protegería ahora sus cabezas de ganado.</p>
<p>Nos queda entonces preguntarnos a nosotros mismos si estamos dispuestos a darnos la pela y sentarnos de nuevo con los guerrilleros en la mesa o no. Para mi amiga esta más o menos claro que ella no está dispuesta a darse esa pela. Al menos no cuando aun está tan viva en su memoria la obra teatral que nos montaron durante el gobierno de Pastrana. Para otros está claro que es un término en la expansión en series que bien nos caería quitarnos de encima. No porque se nos haga muy rico el asunto o porque nos parezca agradable sentarnos a comer con ellos en la misma mesa compartiendo el mercadito que con tanto trabajo hemos comprado, sino porque nos encantaría simple y llanamente poder quitar ese término de la ecuación. Yo personalmente comparto un poco de ambas y me permito ponerle otro ingrediente. Entre más invirtamos en lo social, educación, y presencia estatal, mejor será nuestra aproximación a la solución de ese coeficiente en particular.</p>
<p>La conveniencia final sería poder darnos cuenta, o al menos tener una verdadera aproximación sobre qué tanto pesa, de verdad, el coeficiente de la guerrilla. Quizá nos demos cuenta que a la larga, los senos y cosenos que aportan la guerrilla son componentes de alta frecuencia y simplemente son agentes de (mucho) ruido en la ecuación. O de pronto, sí sean en verdad de baja frecuencia y por ende aquellos que definen la forma general de la función.</p>
<p>Otra de las conveniencias es simplemente el poder anular esa incógnita&#8212;sin importar su peso. En esto, los que le han jugado al proceso con los paramilitares algo de buena razón se han llevado consigo&#8212;a la carcel. Bien que mal hoy sabemos cosas que antes no, y a futuro nuestra estructura social no reintegrará ese término en la ecuación, es decir, si mañana nos salen nuevos grupos paramilitares, ya no se llamarán igual y más trabajo les costará entrar en la solución de la serie. Entrarían en la cola de los coeficientes y se sabría que su peso es menor al estimado en un principio. Su solución pasa a ser más parte del coeficiente de orden público que uno individual y pierden plataforma política&#8212;si acaso alguna aceptamos que hayan tenido.</p>
<p>Por eso entonces, conviene conversar, por mucho que nos duela, con la guerrilla. Porque aun si nos metieran un buen numero de narco-goles, la sociedad, por mucho que nos cueste tragarnos ese bocado, ganaría en el mediano y largo plazo. La pregunta no debe ser entonces si negociar o no, sino a qué costo. Y decidir si preferimos invertir el valor de ese costo en el hallazgo de ese u otros coeficientes de la serie.</p>
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		<title>Ojala no nos trague</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jan 2008 21:49:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Taborda</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflicto Armado]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras los últimos acontecimientos en el país, resulta mucho más fácil reducir los eventos a su forma más simple. Esto es lo que hemos venido haciendo ya durante varias décadas. Pero el país no encontrará una solución al conflicto interno que ha vivido a lo largo de los pasados sesenta años si continuamos por este [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tras los últimos acontecimientos en el país, resulta mucho más fácil reducir los eventos a su forma más simple. Esto es lo que hemos venido haciendo ya durante varias décadas. Pero el país no encontrará una solución al conflicto interno que ha vivido a lo largo de los pasados sesenta años si continuamos por este camino.</p>
<p>Si algo nos deja la amarga experiencia del conflicto colombiano, es la certeza de que a su solución no llegaremos por la vía armada. Esto aplica tanto al Establecimiento como a quienes están por fuera de el. Reducir entonces el fenómeno guerrillero en nuestro país a un asunto de combustión narcotráfico-alimentada y de terrorismo no nos acerca a la solución. Tampoco lo hace el reducirlo al enfoque simplista de que estos dos por separado o combinados, no son otra cosa que un problema de seguridad.</p>
<p><span id="more-7"></span></p>
<p>Las FARC, por más que representan para nosotros, la mayoría de los colombianos, el mayor riesgo de inseguridad en nuestras vidas, están lejos de ser un problema que podamos solucionar mediante el proporcionar a la población de un estado de seguridad. Las FARC, por más que cuyo principal combustible para facilitar su accionar sea el cultivo y tráfico de drogas, está lejos de constituirse en un cartel como lo fueran el de Medellín, Cali, La Costa, o similares. Sí, las FARC operan como cualquiera de estos lo hacía o hace, pero, o al menos no se ha hecho avidente a la luz de hoy, no lo hacen con fines lucrativos directos. Se lucra sí, pero la finalidad más visible que hay es la de la financiación de su lucha. Lucha que de paso se ha visto retorcida y desfigurada producto de la fuente misma de financiación. Aún dado esto, hasta donde yo se, ni Tirofijo ni el Mono Jojoy se han mandado a construir un zoológico o una mansión con grifería de oro puro. No van a las ferias de ganado, ni a las equinas, ni se han casado con las reinas del bambuco.</p>
<p>Supongamos entonces que hoy, por obra del Señor todopoderoso, el narcotráfico se acaba. Los efectos serían obvios. La guerrilla sufriría un golpe en uno de sus órganos vitales. Muy seguramente su aparato financiero se vendría abajo casi por completo y como resultado de ello un buen porcentaje de su fuerza humana regresaría a alguna de sus formas de trabajo o actividades previas al haberse enlistado libre o coercitivamente. Pero no pasarían muchos años antes de que la malicia indígena, de la cual sus líderes no carecen, les facilitara encontrar una fuente de combustible alterno de tan renovables características como las que hoy les ofrece el narcotráfico. Su resurgimiento entonces sería entonces inevitable. Quizás ya no se llamarían chusma o guerrilla, pero eso es lo de menos. Muestra de que mi hipótesis no es del todo descabellada es el hecho de que antes de que la guerrilla ganara control sobre la buena tajada que hoy tienen del pastel de las drogas, ahí estaban. Su financiación principal en los setenta y sesenta no era entonces el narcotráfico ni el cuidado mercenario de cultivos ilícitos, sino las vacunas y los secuestros extorsivos. No creamos entonces que el ya no tan comun asunto de las vacunas es producto único de un estado de seguridad. Es producto tambén de que la guerrilla ha encontrado una forma más lucrativa de financiación. El narcotráfico es eso, una fuente fácil de ingrsos. No el origen ni el fin del conflicto colombiano. El secuestro por su parte, también tiene ahora otro significado para la guerrilla. Otrora una fuente de financiación, hoy su mejor ventana al mundo.</p>
<p>Desde su nacimiento, la plataforma internacional de las guerrillas colombianas estaba basada en la viabilidad de un régimen social-comunista como forma de gobierno, respaldada por la sola existencia de la Unión Soviética y el surgimiento de movimientos pares en el globo. Hoy día, esa plataforma esta debilitada y el secuestro de figuras de la vida pública nacional constituye para ellos una de las ya pocas formas de abrir de nuevo las puertas al reconocimiento.</p>
<p>Detener una cosa o la otra, de nuevo, no nos sacará del atolladero en que estamos. Si de nuevo apelásemos a la fuerza celestial del todopoderoso y de la noche a la mañana amaneciéramos sin el estigma del secuestro en Colombia, la guerrilla no por ello se extinguiría como acto seguido del Espíritu Santo. Se vería sí afligida en su actual y más certera herramienta para obtener reconocimiento internacional. Se le cerrarían sus puertas propagandísticas más eficientes en el momento. Pero no se acabaría. Tirofijo y sus no faltos de inventiva colaboradores, tarde que temprano encontrarían otro camino hacia la ingrata búsqueda del reconocimiento de su no propiamente merecido estado de beligerancia.</p>
<p>La humanidad, como metáfora, tiene una necesidad de transporte. Se acabe hoy el petróleo o destruya Dios hoy todos los automóviles, no se va a extinguir esa necesidad de transporte. Igualmente, atacar el combustible del narcotráfico o lograr la liberación de todos los secuestrados, por más necesario que sea para calmar el astio acumulado hacia las FARC, no va a solucionar el conflicto en el que ha vivido Colombia durante los ya mal contados últimos cincuenta años. (Que bien pueden ser sesenta, setenta u ochenta, según cada quien quiera escoger el evento histórico de origen de su preferencia.) Dos cosas tienen que entender la guerrilla y cualquier otro grupo armado en Colombia. Primera, dado el entorno mundial y el cambio en el significado y las implicaciones de la palabra terrorismo, sus acciones armadas insurgentes pierden cada día más terreno frente a las alternativas negociadas. Segunda, conforme las nuevas alternativas políticas como las que representan el Polo Democrático Alternativo o los ya no pocos movimientos independientes de éxito que se han dado en Bogotá y Medellín se consoliden, el espacio político de la lucha insurgente se verá cada vez más reducido de lo que ya se encuentra. En contraparte, no son menos difíciles las cosas que deberemos entender y aceptar el resto de los colombianos. La necesidad de transporte de la que hablaba arriba se traduce en lo siguiente: el estado debe proporcionar si no igualdad al menos si capacidad de acceso y oportunidades a todos sus ciudadanos. Esta es nuestra local necesidad de transporte, la cual debe darse en primer lugar en términos de educación, y en segundo lugar en términos de trabajo, servicios básicos, alternativas legítimas de lucro y presencia institucional. El problema no es de seguridad. Es de oportunidades.</p>
<p>El reducido porcentaje que constituye la Colombia de opinión no conmoverá al destino que le espera al resto de nuestros compatriotas. Mientras sus opciones sigan siendo la pobreza, el olvido, el desplazamiento, o las armas, al resto de nosotros, aunque vivamos lejos de ella, nos tragará la selva.</p>
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