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Un Hombre Serio

Cualquier economista serio sabe que esa retahíla de cifras que recita el candidato Santos cada vez que le prestan un micrófono es una gran falacia. Un razonamiento incorrecto, aunque sicológicamente persuasivo. Prefiero un candidato que se cuide del atractivo atajo de prometer falsas expectativas y que, por el contrario, ya haya demostrado, no solo él sino todo su equipo, que aquellos políticos que exhiben mesura al hablar sobre sus programas de gobierno son los que tienen un mejor historial de cumplirlo a cabalidad y por tanto, son mucho más capaces de transformar positivamente a una sociedad.

Es que mírelo cómo habla. Mire esa propiedad. Mire esa seguridad en si mismo. Vea que conocimiento tiene ese hombre de hasta los más complejos detalles del Estado. Y todas las cosas de las que se acuerda. Es que se nota que si sabe lo que hace. No como el otro que siempre se detiene a pensarlo todo más de dos veces y se deja enredar en conflictos filosóficos para los cuales no hay tiempo porque yo necesito la respuesta es ¡ya! rapidito, sin duda, déme una solución y déjeme ir para mi casa a seguir con la vida tranquila donde nadie me moleste y yo no tenga que hacerme cargo de nada porque para eso es que lo voy a elegir a usted—para desentenderme de mi responsabilidad ciudadana. A mi que me importa lo que le este sucediendo a los menos afortunados que yo. Quién los manda a no trabajar más duro como me lo enseñó a mí mi papá que si era un tipo emprendedor y nos sacó a todos adelante. Quién los manda a nacer ya no siendo dueños de la tierra—si se la quitaron es porque no la estaban usando. Quién los manda a nacer sin oportunidades. Respóndame: ¿Quién los manda? Ahora resulta que yo con mis impuestos voy a tener que equilibrar una desigualdad que yo no provoqué—porque nunca me he untado las manos de país. ¡No faltaba más! Pero ¿si lo vio? ¿Vio cómo habla? Con esa propiedad. Con esa seguridad. Este sí es capaz de gobernarnos y así yo puedo desentenderme de esta vaina por otros cuatro años. Es que… ¡qué tipo tan conocedor, carajo! ¡Viva Colombia!

A principio de año a mi hija de dieciocho meses le dio una infección en el oído. En la clínica pediátrica le recetaron siete días de antibiótico. Unos pocos días después de haber terminado el tratamiento, los síntomas regresaron. Nuevamente visitamos al pediatra y él recomendó tratarla ahora no con amoxicilina sino con otro antibiótico un poco más fuerte. El segundo tratamiento que duró diez días resultó igualmente inefectivo y a la vuelta de unos tres o cuatro días más estábamos de vuelta una tercera vez en la oficina del pediatra. Vino entonces un tercer tipo de antibiótico y al cabo de otros quince días más, terminamos en la sala de urgencias del hospital como a eso de las cuatro de la mañana. Luego de la tortuosa espera fuimos atendidos por el pediatra que se encontraba en rotación. Un doctor muy amable quien antes de exponer las opciones comenzó por tomarse un momento para explicarnos por qué él no tenía una solución final: porque la verdad es que para la infección de oídos en algunos menores no hay una explicación única y efectiva y en el fondo nosotros los médicos no hemos encontrado la solución.

Tengo un par de sobrinos que hoy tienen ocho y nueve años y que viven más felices que mi mamá con tener un tío ingeniero civil con una maestría y a punto de terminar un doctorado. Alguna vez un par de años atrás su mamá, con la buena intención de inculcarles mi aprecio por el estudio, les insinuó que ellos deberían seguir mi ejemplo para algún día poder construir puentes y carreteras así como el tío. Samuel y Jacobo me miraron con pares de ojos vivaces e iluminados como de caricatura japonesa y preguntando: ¿en verdad tío? ¿tu sabes construir puentes? Yo que soy terrible para meter mentiras pero que más allá de eso, sé cual es el complejo proceso que requiere la planeación, el diseño y la ejecución de una obra civil, pensé un rato como responderles mejor pero me vi obligado, en parte por un impulso de honestidad y rechazo al camino fácil, a admitir que no. Yo no se construir puentes.

No quiero con esto decir que la ignorancia es facultativa. Quiero en cambio hacer ver que sólo quien en verdad tiene conocimiento profundo sobre algo, se atreve a reconocer los límites de su conocimiento. Cualquier persona seria en su oficio, sabe los bemoles de su arte. Sabe que aunque resulta muy fácil hacer cálculos manipulando cifras en abstracto (como ir bajando el porcentaje del déficit del 3,5% del PIB—cifra que de por si es ya un punto de partida por muchos discutida—hasta el 1% de manera casi mágica), el hacerlo es un acto de malabarismo irresponsable y mentiroso. Es decir, sabe el significado vacío que tienen las sentencias absolutas sobre soluciones a problemas complejos. Suenan, claro está, muy atractivas al oído. Cautivan audiencias. Hipnotizan multitudes. Incluso, consiguen presidencias. Pero no, léase bien, no resuelven problemas. En particular, no resuelven problemas complejos y enraizados.

* * *

¿Tiene el equipo de Santos buenos economistas? Por supuesto. También los tiene el equipo del Partido Verde. Y no solo economistas, tienen excelentes expertos en todas las áreas. ¿Es alguno de los programas de gobierno sustancialmente superior sobre el otro? No. Ambas campañas tienen personas preparadas e idóneas para enfrentar las tareas del Estado. ¿En dónde está entonces el factor determinante? En una gran medida está en la real promesa a un futuro de largo plazo basado en un franco delineamiento de prioridades, a saber: de un lado la seguridad adquirida a toda costa sujeto a la promesa de que ello nos traerá prosperidad como un efecto secundario; y del otro lado esta el sostenimiento y fortalecimiento del hoy precario estado de balance de esa seguridad con cimientos que alteren la sociedad de abajo hacia arriba con conceptos básicos como el respeto por la ley y la vida, complementados con un a apuesta fuerte en temas como la educación y la inversión social para así dejar de nutrir las raíces de un conflicto provocado por la ausencia de un Estado que ya por mucho tiempo ha estado secuestrado en las manos de unos pocos.

Pero más allá de esto, la gran diferencia está, evidentemente, en la forma.

De un lado tenemos a un ajedrecista que cuidadosamente ha venido orquestando la culminación de su ambición por llegar al poder ejecutivo—al punto de adherir y crear un partido al servicio de un líder político de quien diez años atrás se distanciaba mucho más de lo que lo hace hoy cuando selectivamente escoge lo que positivamente le cobija y le merece y lo que negativamente no le atañe—experto en manipular verdades absolutas como de su propiedad, con las cuales embeleza multitudes incautas que creen en él tener la solución a problemas, o la evasión pasando de agachados ante la solución de los mismos porque prefieren no asumirlos como propios, pues a fin de cuentas, son los problemas de todos los colombianos.

Mientras que en el lado opuesto tenemos a un conocedor de su oficio—por tanto un profesional en extremo cuidadoso de no esgrimir cifras y puntos programáticos como las baratijas que un culebrero saca del baúl que le acompaña mientras recita su retahíla con el oficio de los años ya bien memorizada y afinada para el encantamiento, no de las culebras que aun andan vivas, sino de la multitud que a su alrededor se congrega y no ve que la culebra, tan venenosa como lo es, la trajo el mismísimo culebrero en un canasto que él mismo tejió unos sesenta y cinco años atrás. Sí señoras y señores, la culebra la trajeron ellos, esos, los políticos tradicionales. Ellos sembraron y cultivaron guerrillas y paramilitarismos por igual. Hoy, a esos muchos que quieren recordarnos lo que era Colombia hace ocho años, yo les quiero recordar lo que era Colombia hace 12, 16, 20, 24,… y así vayámonos de cuatrienio en cuatrienio hasta la guerra de los mil días y de allí en adelante volvamos a repasar bien la historia esa que nos construyeron unos pocos para que creyéramos como idiotas útiles que despojar y abandonar y robar a los “quién-los-manda” era un mal menor en la búsqueda de un bienestar mayor—siempre que solo para unos poquitos.

En fin, en ese lado opuesto tenemos a alguien, mejor todavía, tenemos a un grupo de cuatro líderes con sendos equipos que les respaldan, que si algo han demostrado es el ser capaces de conducir los gobiernos a su cargo de manera transparente, responsable, transformadora y eficaz.

* * *

La alternativa que le presenta al país el Partido Verde, la de esos cuatro ex alcaldes que transformaron a Bogotá y a Medellín sin robarse un peso. Cuatro líderes que ya han sido elegidos por votación popular en lugar de llegar a estas elecciones de manera calculada. Esto último es particularmente importante. No dudando de la capacidad ejecutoria—en tanto que sí de los métodos—de Juan Manuel Santos, su candidatura ha sido adquirida a carencia de algo que marca una gran diferencia y que habla del verdadero talante de un gobernante. Algo que por más carteras ministeriales que el señor Santos lleve encima—con sus aciertos y desaciertos—no pude enlistar en sus treinta y punta años de experiencia que nos saca en cara cada vez que nos quiere recitar la lista de mercado que le hicieron aprender sus asesores políticos para sonar conocedor y con propiedad. Ese algo es un valor agregado que Antanas Mockus, Sergio Fajardo, Enrique Peñalosa y Luís Eduardo Garzón sí pueden esgrimir porque así es como han llegado antes a la opción de poder: haber sido elegidos. El valor de la responsabilidad que se lleva consigo cuando se llega a las puertas de asumir un cargo por el mandato del voto a cambio de nada, es un valor que uno no orquesta a comodidad.

* * *

Entonces cuando oigo decir que Santos sí habla con propiedad, yo me pregunto: como… ¿con propiedad de qué? A mi señores denme mi voto, dejen de meterme miedos pendejos, dejen de ahuyentarme la esperanza a punta de rumores falsos, háganse para un lado, no sean incómodos, echen para allá carambas que yo voy a votar solo y voy a votar por el que más me gusta, por el que creo mejor, por el que no me promete cosas que yo se no me podrá cumplir. Voy a votar por quienes no me sacan en cara una historia nefasta que gente como usted señor Santos ayudó a construir y han facilitado en perpetuar porque les beneficia de manera indirecta sin tenerse que untar las manos. Voy a votar por uno de los pocos equipos políticos que en Colombia han demostrado con obras tangibles en Bogotá y Medellín que con la plata que no se roban y que con los recursos que no se comprometen “legalmente” en rimbombantes acuerdos de “unidad” alcanza para mucho más que programas de seguridad (democrática de la de verdad y no tan democrática como la de los falsos positivos.) Voy a votar por aquellos que conozco por su pulcritud respecto a lo público.

Sobretodo, voy a votar por quienes no tienen respuestas preparadas y soluciones absolutas a problemas complejos simplemente para tomar el atajo de sonar conocedores y seguros de si mismos. Porque si algo me ha dado la formación rigurosa en la academia para compartir con la sociedad por este medio, es la convicción de que quien clama tener la solución a todo y nunca se atreve a reconocerse en perspectiva ante el problema, está más lejos de encontrar el resultado.

Por eso y por muchas otras razones que otros han expuesto mejor que yo, votaré verde este 20 de junio. Votaré por Antanas Mockus y Sergio Fajardo.

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Un comentario sobre “Un Hombre Serio”

  1. Alvaro Pérez comenta:

    Don Ricardo, que hizo a Chiqui?

    Cómo es que me encuentro esto para poder debatir como siempre en las antípodas de las opiniones.

    Suerte y un placer.

    Alvaro Pérez.

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