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El Putas de Aguadas

Ayer por enésima vez se me acercó alguien a ‘felicitarme’ por la declaración de la Corte Constitucional ante la ley que convocaba a un referendo para decidir sobre una segunda reelección. Los más prudentes, o los que hipócritamente esconden su piel de lobo con un manto ovejero, no han ido tanto allá como felicitarme y primero se han dignado en preguntarme si no estaba yo muy contento—con inocencia o ironía. ¿Por qué? Contra preguntaba yo para forzar una revelación, aun cuando ya sabía de que me hablaban. Pues porque negaron la reelección—responden los muy audaces. Entonces yo trato de enderezar los presupuestos y los implícitos que acarrea la pregunta y aclaro que, primero, lo que se negó fue la ejecución de un procedimiento democrático que había sido, desde un principio, un retorcido ejercicio en el que, antecediéndolo a todo, nunca nos debimos haber embarcado. Y segundo, que, aunque no puedo negar yo cierto grado de alivio por lo que a mis preferencias electorales se refiere a futuro, ultimadamente mi opinión sobre lo ya juzgado es que el solo proceso en sí fue lo suficientemente costoso como para que dicho alivio a futuro sane las heridas y nos haga recuperar el tiempo perdido—mucho menos sentir felicidad.

Por lo tanto, sobre lo primero y a quienes se atreven a felicitarme presuponiendo—que no prácticamente insultando mi estancia política, que yo creo mucho más seria y profunda que la de las emociones primarias ante el resplandor de un líder cuasi mesiánico y el espejismo de una política hueca que se hace llamar democrática—, y a quienes al menos tienen la decencia de preguntar—aunque parecieran por igual ocultar hipócritamente lo que por lo menos los primeros tienen el ignorante, inocente, o descarado atrevimiento de decirme de frente—, les digo de una vez por todas que no. No me alegra. No me siento feliz. Y no voy a ser tan simplista, como muchos lo han sido en las últimas dos semanas, de decir que siento un gran alivio porque las instituciones prevalecieron. ¡Prevalecieron! ¿Prevalecieron? Habrá quizás prevalecido un último grano de sensatez y la Corte se habrá salvado —y por ahí derecho al país entero— de haber cometido un error garrafal, no solo en lo jurídico (que se lo dejo a los que saben de ello y a quienes lo quieran debatir), sino simplemente en lo histórico y lo poco que quede o que hayamos sido capaz de crear en doscientos años, de esta ahora si finalmente retorcida, democracia nuestra.

Nos salvamos todos de haber entrado por la derecha al mismo cuarto al que muchos otros, tantos por la izquierda como por la derecha, han entrado antes que nosotros, y no solo en este continente sino en casi todos los demás por igual. El giro hacia la cordura que nos dio la Corte nos salva del abismo de desfigurar el sistema por completo. Pero al contrario de lo que en estas dos semanas se ha dicho, y de lo que los amantes ciegos de la nación y la democracia pregonan, creyéndolo ahora todo bajo control, yo aún me siento como bajando desde Sonsón hacia el río Arma en un carro de escalera. Un escalofriante pero emocionante recuerdo de niñez. Es decir, me siento aun viajando al vilo del precipicio de un cañón sin fondo; y rogándole a todos los santos para que el conductor—un campesino con escasa educación que ni licencia ha de tener porque aprendió a manejar por instinto sirviéndole de fogonero al chofer anterior, y que ahora entrena a su futuro remplazo (un niñito mejor criado pero igual de ciego y altanero, que viaja de gratis en el techo encima de los sacos de café, y agachándose para que no se lo lleven las ramas bajitas de los palos de mandarina, o colgando caricaturescamente de la escalera de atrás)—logre acordarse con su memoria de montañero, de todos los huecos que tiene esa carretera destapada que el Estado abandonó, según se argumenta, debido a las dificultades geográficas que separan a Antioquia de Caldas—y porque la carretera vía La Pintada era más buena—-, para que, una vez que lleguemos abajo, al puente que separa a Sonsón de Aguadas—donde se hacen muy buenos sombreros de esos que se pone el chofer, igual nos toque bajarnos del camión porque: ahí adelante hay un derrumbe y les toca bajarse y pasar el puente a pie. Agradezcan que llegamos hasta aquí.

(El puente que cruza el río es de buen tamaño. La losa llena de piedritas chiquitas y filosas a lo largo y ancho. Por allí no pasa un carro desde que el comercio no dio para más, cuando los derrumbes taparon las vías de cada lado de Antioquia y Caldas, y la miseria del campo se esparció como enredadera de uña.)

Entonces por lejos que hayamos llegado y aunque nos hayamos salvado del abismo, dado que del otro lado del derrumbe y pasando el puente aun no ha llegado la chiva de la flota de Aguadas, toca pensar en el camino recorrido y reflexionar. Y ahí es donde a quienes nos atrevemos a abstraernos de la fábula en la que nos metieron cual Alicia, nos corresponde hablar de otras cosas.

Y esas otras cosas son las que han estado ahí por mucho tiempo y que continúan ahí, latentes, pero que compiten en desventaja ante la urgencia apocalíptica por la continuidad de una política cuya única garantía —una que, con el beneficio de la duda, entendamos como no deseada— es la de perpetuar el estado actual de desigualdades que a su vez perpetúan y estimulan la regeneración de anteriores o nuevos conflictos. Antes en la ciudad, luego en el campo, luego a la ciudad, luego al campo, y ahora de nuevo a la ciudad (Colombia, 1930–2010.)

Unos ejemplos recientes para aterrizar ideas. Entre agosto y septiembre de 2009, en el período de las dos semanas en las que se aprobó finalmente el proyecto de ley que le daba vía libre al referendo en su etapa legislativa, se publicaron dos noticias que por sí solas deberían haber consternado al país y reclamado la atención de los congresistas y el ejecutivo. La primera de ellas publicada en Portafolio se titulaba así: “Cerca de 20 millones de pobres en Colombia a diciembre de 2008, reportaron el Dane y el DNP” [1]. La segunda, en El Espectador, decía: “En Colombia hay ocho millones de indigentes” [2]. Muchas de estas cifras obedecen a la escogencia de la métrica (y al economista de turno) pero siendo la fuente, el mismo Gobierno, poco espacio hay para querer ‘maquillar’ esta realidad. El segundo de los artículos explicaba que “con la nueva medición del Gobierno, se estimó que la pobreza en el país [llegó] al 46% de la población”, y añadía que, “según la última medición [de 2002], que era de 53.7%,” la cifra había bajado “alrededor de ocho puntos.” ¿Debemos contar la labor del gobierno a una taza de 1% por año en reducción a la pobreza como un logro? Buena parte de la respuesta está en la reciente columna de Alberto Carrasquilla en El Espectador, titulada: “La clase media” [3]. En la que en un aparte del final sentencia cristalinamente que “las cifras muestran a las claras que a la política pública colombiana de la última generación le ha importado un pito la pobreza.”

La búsqueda de ambas reelecciones consumió en suma casi 4 años, 2 cada una de ellas, absorbiendo en turnos a las tres ramas del poder democrático en Colombia. El último proceso se inició el 12 de marzo de 2008 con la entrega de las firmas en la Registraduría y se culminó el pasado 26 de febrero. Eso sin contar lo que costo la consecución de las mismas y lo que se viene ahora en materia electoral. La primera se cumplió entre enero 20 de 2004, con la astucia de Noemí Sanín a la salida de Palacio, y vio la luz de la victoria el 19 de octubre de 2005 con la sentencia aprobatoria de la Corte. También descontando el período electoral de 2006. Hoy, cuando la segunda intentona ha sido frustrada gracias al sobrepeso y freno de la Corte, sabemos a ciencia cierta que el fin del mundo no le llegó a Colombia —al menos, no aún— y que lo que corresponde es sentarnos a pensar objetivamente en quien va a ser el chofer que nos termine de llevar a Aguadas.

(A todas estas, no les he contado que el cañón del río Arma era —o es, hoy, no lo sé con certeza— un estratégico lugar de las guerrillas de la zona.)

(Entretanto, otros proyectos de ley también trataron de avanzar en el legislativo. Entre las joyas del neo conservatismo que ha florecido en estos años recuerdo dos curiosos proyectos recientes: la que buscaba exigir la identificación de quienes opinaban en los foros y páginas de Internet [4] y la que buscaba ocultar las portadas de revistas con imágenes de desnudos [5].)

Retomando. Repasemos. Un gobierno que estima que el futuro del país se basa en tres pilares: (1) la seguridad democrática; (2) la promoción de la inversión, en especial la generación de confianza para la inversión extranjera; y (3) la política social, algunas veces referida también como cohesión social; simplemente no puede darse el lujo de reducir la pobreza a una taza de alrededor de 1% por año en promedio, y en el transcurrir de los mismos desgastar al país y gastarse el capital político, merecidamente bien ganado, en reelegirse. Muchísimo menos cuando al mismo tiempo, esos pilares descansan sobre agua. Si al gobierno tanto le interesara la confianza inversionista, debería atacar cifras como las reveladas por el ‘zar’ anticorrupción, quien el pasado 9 de enero le comunicó al país que en 2009 se pagaron sobornos por casi $4 billones. Cifra que supera la muy amada inversión extranjera [6].

Pero la mejor evidencia sobre el valor del tiempo perdido bajo el manto de la seguridad democrática y en busca de las reelecciones está precisamente en todo lo que tiene que ver con la reforma al sistema de salud. El simple hecho de que un ministerio que ha estado en cabeza de una misma persona durante 7 años, y con las mayorías en el Congreso, haya tenido que recurrir al uso de la declaratoria de un Estado de Emergencia para poder generar las reformas que el país requiere, es muestra de que aquellos que hoy celebran interpretando la sentencia de la Corte como el gran salvamento de las instituciones y la separación de poderes en Colombia, siguen viendo el país con un lente muy distinto, por lo menos, al mío.

Entonces para todos los que me han preguntado una y otra vez sobre mi felicidad o mi descanso, la respuesta ha sido la misma. No siento particularmente más lo uno o lo otro. Todo el proceso en sí. Todo lo que conllevó. Todo lo que implicó para el futuro de la política en Colombia y para el bienestar del país y sus habitantes es un bochornoso proceso. No se podía salir triunfante ni de una manera ni de la otra porque ya se había perdido la virginidad misma. Y si bien haya que reconocer lo bueno que nos dejará Uribe, solo los años nos mostrarán lo mucho más dañino que nos ha dejado. Y eso se resume, en parte, en sus propias declaratorias del pasado viernes 5 de Marzo, cuando le dijo a Maria Isabel Rueda en W Radio así [7]:

“Vivo en campaña, los únicos gobiernos que sirven son los que viven en campaña”

Y con esto: pague y vámonos que ahí viene la escalera y la viene manejando el mismísimo putas de aguadas!

Vínculos citados:

[1] Portafolio: Cerca de 20 millones de pobres en Colombia

[2] El Espectador: 8 millones de indigentes

[3] El Espectador: La clase media

[4] El Tiempo: Ley para regular participación en foros

[5] El Tiempo: Ley para regular portadas con desnudos

[6] El Tiempo: Corrupción en el 2009

[7] W Radio: Audio del Presidente


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