Quiero ser ‘Para’
Don Pedro Pablo es un hombre grande—no en altura, pero en presencia—, de voz gruesa y caminar tranquilo y pausado. Lo conocí por cuenta de su hijo Felipe a quien me lo encontré por acá lejos de Colombia, también estudiando, con una pequeñita de poco más de un año y con una esposa maravillosa. Como anécdota, cuando conocí a Felipe, no puede aguantarme la imprudencia de decirle que casi no se le notaba el acento pastuso. Afortunadamente con don Pedro Pablo no hice lo mismo. (Pero tampoco se le nota.)
Juliana una amiga bogotana que tiene una personalidad que solo la supera su generosidad, le regaló a Amelia mi hija un disco compacto de canciones infantiles hecho en México en el cual las letras de las canciones tienen su nombre. Se llama el ‘CD-kit de Amelia’. Una de las canciones arranca con la voz de una mamá preguntando: Amelia, ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y se arranca una perorata con ritmo pegajoso que incluye, entre muchas otras cosas, el querer ser policía, bombera, periodista, presidenta. Cada estrofa termina diciendo que ‘pero sobre todo, todo,’ Amelia quiere ser como papá y mamá.
Don Pedro Pablo estaba en Pittsburgh visitando a su hijo y haciendo arreglos para empezar a exportar café de alta calidad de manera directa a tostadoras locales y sin tener que depender de los más bajos precios a los que le compra el grano la Federación. Orgulloso me muestra el sello que las entidades sanitarias de la ciudad le pusieron en la esquina superior derecha de la puerta del balcón del apartamento que Felipe renta. El balcón va a ser la bodega. Piensan solo exportar pequeñas cantidades. El balcón no mide más de seis metros cuadrados pero Felipe y don Pedro Pablo me cuentan que es perfecto para los sacos de café, que serán de los pequeños de cuatro kilos (creo), y que irán sobre una cama de madera que ya acordaron colocar y cuenta con el visto bueno del dueño del apartamento.
Ese día que llegamos a casa de Felipe y Andrea, como cosa rara, lo primero que nos dijeron fue: ¿quieren un cafecito? Y yo que no tomo café. Para colmo de males, la conversación arrancó con don Pedro Pablo contándonos sobre las diferentes propiedades del café y sobre que, hace unos meses, había conocido al muchacho que el año pasado se ganó el primer concurso nacional de catadores de café durante un curso de catación en el que habían estado juntos—un joven muy simpático ese Wbeimar, me dice don Pedro Pablo, quien, seguramente con la mejor de las intenciones, como buen padre, acabada la conversación del café pasó a preguntarnos qué íbamos a hacer una vez termináramos los estudios. Yo le conté entonces que entre las varias alternativas que existen seguía viva la opción de volver a Colombia—con el aditivo de que me interesaba hacerlo por la política.
A diferencia de muchas personas a las que les parece una locura que después de tanto estudiar sopese la posibilidad de una vida tan aparentemente diametralmente opuesta a la ingeniería sísmica, don Pedro Pablo mostró un respetuoso interés por la idea y fue más allá para decirme que esos deseos había que perseguirlos para que uno luego, de viejo, no se arrepintiera de no haberlo intentado todo. Los años nos dirán. Yo por mi parte no perdí la oportunidad para preguntarle cómo se veían las cosas desde Pasto, y sobre todo, desde el campo.
Luego de contarme las dificultades que los pequeños y medianos productores de café como él tienen frente al precio de la federación y, sobretodo, frente al precio de las frutas y los granos que son la alternativa para ellos mientras transcurre el tiempo de cosecha del café, me habló un poco más abiertamente sobre lo esencial: la falta de oportunidades para la gente del campo.
Mientras que don Pedro Pablo no tiene reparos en aceptar que seguramente el tratado de libre comercio le traería cosas buenas al país y sus industriales (de ser algún día finalmente aceptado por el congreso estadounidense,) desde su perspectiva se manifiesta preocupado porque las políticas que en esta dirección se han venido tomando en Colombia gobierno tras gobierno, se tomen sin tener seriamente en cuenta sus consecuencias sobre ese otro pulmón ya canceroso del país que es el campo. Me cuenta entonces lo mucho que ha mejorado la seguridad. Y se le nota que le cuesta conciliar esas dos realidades. Me dice que lleva ya varios años pudiendo vivir de tiempo completo en la finca—que diez años atrás tenía que administrar a distancia. Claro está que esto es porque la vía desde Pasto hasta la finca es pavimentada, me advierte. La seguridad democrática, sigue don Pedro Pablo, es otra cosa y una muy distinta una vez estamos hablando de las carreteras destapadas monte adentro. Ahí no hay tal. Y lo peor, continua, es que los políticos siguen sin conocer verdaderamente a Colombia. Es que no conocen el país que gobiernan, se queja. Y entonces a mi se me viene a la cabeza la imagen de Jaime Garzón contando la anécdota de los parqueaderos caprino, equino, vacuno, o porcino, y las casas de lenocinio autorizadas en el páramo. Y sí, la verdad es que aún con seguridad democrática y concejos comunales celebrados en cada rincón imaginable, la gran mayoría de los políticos siguen sin conocer el país—al que creen sentirlo en la piel simplemente porque se lo recorren en campaña. Peor, la gran mayoría de los colombianos no lo conocemos tampoco—y yo me incluyo. Qué exigir entonces. (Y me refiero a conocerlo no como quien se lo ha turisteado de arriba a abajo y se sabe hasta los nombres de los ríos de memoria, sino saber lo que se vive a la orilla de cada río. Qué se cultiva, para qué sirve, cómo se come, dónde se consigue, quién lo vende, cuánto cuesta, por qué no se hace distinto. Y entonces sí: ¿se puede mejorar?)
La cosa para don Pedro Pablo es aún peor, dado que lo poco que se logra parece ser abono para las piedras—quizás por lo anterior. Entonces me cuenta como el Ministerio de Educación creó unas escuelas de educación media en la que los muchachos de la región reciben un bachillerato tecnificado. La escuela que queda cerca gradúa bachilleres agrícolas. Una idea genial—en el papel. En la práctica: un desastre. Los jóvenes una vez que salen ya no quieren trabajar ni jornalear como sus padres. Salen con un ‘complejito de superioridad,’ me dijo don Pedro Pablo. Al pueblo vino hace un tiempo el ministrito de agricultura—al que le dicen ‘uribito.’ En el ‘coliseo’ se echó con entusiasmo de culebrero paisa y ese tono de mal genio que lleva siempre consigo como con necesidad de regañar a todo el que le habla, un discurso aburridor sobre ideas pendejas para el ‘progreso.’ Y luego el otro que lo sucedió. Un par de muchachitos que no tienen idea de qué es lo que es trabajar la tierra y vivir de ella. Los jóvenes campesinos no son tontos. Ellos saben cuando quien les está hablando no sabe sobre lo que está hablando—mucho menos sobre lo que ellos viven en el día a día. Y para colmo de males, continúa don Pedro Pablo, primero pasa lo de DMG y luego lo del Agro Ingreso Seguro. Entonces estos jóvenes de la región terminan por convencerse de que las instituciones, por un lado, y esos políticos del interior, por el otro, no están por nada que verdaderamente les vaya a arreglar sus problemas. En semejante estado se convierten en personal supremamente vulnerable.
¿Y qué hacen entonces? Le pregunté. Ah, pues eso depende, me contesta. Los que viven monte adentro donde no llega la seguridad democrática—sino los falsos positivos, se dedican a proteger lo suyo y arreglárselas con lo único que les da para vivir: los cultivos ilícitos. Los campesinos que están cerca de una cabecera municipal, en cambio, no pueden darse ese lujo. Ahí cualquier bobada que siembren ahí mismo los pillan. Tienen que arreglárselas entonces con lo poco que puedan sembrar y vender decentemente. Pero los precios de los productos agrícolas son muy bajos. Colombia está importando granos y otros productos y eso ha acabado con el campo. Están condenados a la pobreza—o a delinquir.
¿Y los jóvenes? Pues lo que le contaba antes. La escuela esta no les sirve de nada porque industria agrícola no hay en el monte. En Colombia no se subsidia el agro como en muchos otros países. Y a estos muchachos no les da para irse a una universidad. Entonces sucede lo que le paso a un campesino que yo conozco ahí vecino mío. ¿Qué le pasó? Le interpelo de inmediato. Pues imagínese que el papá es un jornalero de sol a sol. Logró que el muchacho fuera a la escuela y terminara—que ya es mucho. Pero una vez terminó se la pasaba en la casa haciendo nada. El papá preocupado le ofrecía distintas opciones. Mijo venga a trabajar conmigo. No papá, es que usted se quiebra mucho la espalda y vea, para nada. Seguimos igual de pobres. Yo no quiero ser como usted. Entonces trabaje donde fulano, insistía el papá. No, eso es muy duro papá. Y así pasaron los meses hasta que el papá se cansó y lo confrontó. ¡Carajo! Entonces ¿qué se va aponer a hacer?
Pues papá, es que yo lo que quiero es: ser ‘para’.
Me cuenta don Pedro Pablo que el muchacho se fue de la casa del papá y no ha sabido más de él. Me explica también que si se tratara de un campesino de más adentro, la respuesta bien hubiera podido ser que quería ser guerrillero. Ambas ‘profesiones’ ofrecen un mejor sueldo que trabajar la tierra. Con los episodios como lo del AIS y el contacto que tienen con el Estado cuando personas como el Ministro de Agricultura visitan la región o con los llamados falsos positivos, estos muchachos se convierten en tierra abonada para los violentos—sin importar el bando o la modalidad—todo por un poco de sentido de existencia—incluso la existencia misma.
Hay que tener en cuenta que los jóvenes marginales del campo o la ciudad ven en estas instituciones subalternas mucho más que el sueldo—que ya se sabe que es mejor que a lo que pueden aspirar dentro de la legalidad. Lo crucial está en que ven también la oportunidad de ser parte de algo más grande que ellos mismos. Un deseo natural en el hombre que en Colombia no hemos sido capaces de sembrar en nuestros hijos, como en la canción del ‘CD-kit’ de Amelia, en forma de imaginarios que giren en beneficio de la sociedad y el Estado. Es decir, aquí casi nadie quiere ser policía, bombero, periodista, o presidente—y se nos mira raro a los que no nos de pena decir que queramos trabajar en política. Estas realidades como las del hijo del campesino vecino de don Pedro Pablo no son aisladas. Por muchos años han sido la norma general. A estas juventudes cualquier discurso en mejor sintonía con su tragedia diaria que el discurso del Estado es música para sus oídos, venga de donde venga. Representan una alternativa radical para la solución de sus enraizados problemas y una opción tangible para acceder a escenarios de poder en los que obtengan el reconocimiento—sin importar que sea a través del miedo—de sus pares, de otros jóvenes, de la niña linda del barrio o la vereda, y al poder mismo—al poder portar un arma, al obtener el respeto que ellos mismos ven nunca se les dio a sus padres que trabajaron de sol a sol en las fincas de los patrones, o el progreso que nunca alcanzaron los que tenían una tierrita propia.
Si en algo coinciden todos los secuestrados políticos que han alcanzado la libertad es en llamar la atención sobre este punto coyuntural de nuestro conflicto. Los jóvenes de la selva (o de igual forma, los de las márgenes de las ciudades) no tienen nada más que hacer. No tienen mejores aspiraciones. Se los come vivos el conflicto. Se los traga y los incorpora a su masa nefasta.
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Enero 22, 2010 at 10:46 am
Con seguridad, o mejor dicho sin temor a equivocarme, creo que vas a terminar regresando al país a ejercer la política.
Lo bueno creo yo es que con vos si me gustaría adentrarme en ese mundo, así que espero cuando tomes la decisión definitiva de dar el paso a la estructuración de un plan, pueda hacer parte del mismo.
De otro lado, si algo nunca se me ha olvidado de aquel articulo sobre las 30 tesis de la nueva izquierda de Alain Caillé, es que:
“Lo que en un momento determinado se encuentra a la derecha, mañana podría estar a la izquierda. Y recíprocamente.”
Tratamos de construir un país con equidad, pero como decís, aún desconocemos en que nos diferenciamos, no hay que ir muy lejos, en Medellín, están trabajando por cambiar las comunas que por años han sido las más olvidadas, y quizás lo logren, tanto en educación, como en impacto visual (mega obras en los barrios) pero donde quedan las oportunidades? estas personas/individuos/ciudadanos que educamos en que industria los estamos visualizando, donde van a trabajar?
El discurso simbólico se esta agotando completamente. Y el discurso populista lo único que hace es abrir la puerta a que alguien más hable por el estado.
Sigo pensando que en este país la izquierda no tiene idea de que es estar allí.
“Tesis 1. Ser de izquierda, actuar o pensar en la izquierda, es actuar o pensar desde el punto de vista de los perdedores -perdedores en juegos que casi nunca han elegido-, afirmando la dominación jerárquica de los valores de igualdad sobre los otros valores finales de la acción colectiva (por ejemplo, la libertad, la fraternidad, la realización).”
- Alain Caillé