Justo tamaño
De los presidentes se dice que rápidamente comienzan a sufrir los efectos del aislamiento del que les reviste su cargo. Un presidente es un hombre aislado en una fortaleza que más que por casa pareciera servirle por cárcel (que para algunos es un cautiverio merecidamente otorgado por adelantado por los delitos que habrán de cometer.) Rodeado por los miembros de su gabinete y los directores de los departamentos administrativos del estado. Soportando en sus oídos el continuo susurro de asesores, consejeros, secretarios y jefes de carteras varias. Un presidente es un hombre condenado a ver la patria a través de los ojos de terceros—para evitarle verla bien y verla bien.
Cuando un presidente logra salir, en presentaciones públicas y reuniones de salones comunales, en coliseos o auditorios, antes que escuchar a los presentes, se atiborra y se ensordece a sí mismo con la propaganda que recita como loro mojado. Pobre hombre embriagado de poder que quiere desahogarse literalmente vomitando un listado ridículo de obras realizadas en nombre de un progreso que es etéreo—que además le es impuesto por la inercia de la maquina superior del mercado, que ya se ha tragado al estado que él cree representar.
De repente en esos eventos se abren los micrófonos. Entonces tiene la oportunidad el pueblo, dicen (y se lo creen) los presidentes. Habla el ciudadano del común. (En Colombia, si la ocasión lo amerita, habla también el candidato presidencial que goce con el afecto del presidente.) Sin embargo, ese ciudadano del común frente al micrófono es como un muñeco vudú. En la nueva era de las zonas de protesta previamente asignadas (a la vuelta de la esquina), los ciudadano del común ya han sido depurados, autorizados por los organismos del estado, debida y anticipadamente filtrados para garantizar el orden y la seguridad. La verdad es que sin saberlo, quienes asisten al espectáculo y se atreven micrófono, son vaquillas mansas al servicio de un matador que no luce solo para los que están en el palco, sino también para los de sol y sombra, pero sobre todo, para aquellos que están arriba en gallinero y más allá, tras el televisor.
Estos encuentros, aunque bien puedan servir para ello y seguro en muchos casos bien lo han hecho, no son únicamente rendimientos de cuentas o autóctonas herramientas para traerle el estado al pueblo. No. La posibilidad de las reelección les ha quitado ya toda la nobleza que pudieron haber tenido. Los consejos comunales de Uribe, los programas “aló presidente” de Chávez, y los “town hall meetings” estadounidenses son, en cambio, maquinas finamente ajustadas y calibradas para la ejecución de campañas perennes—financiadas ya no por donantes interesados, sino por el mismo pueblo que cree estar gozando el espectáculo de manera gratuita y como si se tratase de un buen servicio de atención al cliente.
En los consejos comunales a la gente le toca soportar el sermón del torero que siempre parece brindar la faena con altanera bravura—enaltecido y agrandado por la ausencia calculada de otros matadores contrincantes en el ruedo, y de paso se puede ver como regañan a los ignorantes e inocentes banderilleros y miembros de cuadrilla. Qué muestra de valor. Todo esto para que el presidente brille aún más en su traje de luces. A los asistentes les toca chupar a palo seco y por lo general bajo un calor de los infiernos, una faena en la que a la larga todos serán estocados—por detrás.
Al final de una eucaristía, los asistentes —no sin previo pago con culpa, alma y doblones— por lo menos tienen la oportunidad de adquirir una hostia y así poderse dar el gusto de, ipso facto, deglutir el cuerpo del culpable. En los consejos comunales en cambio, sin importar la calidad de la faena, al matador no nos lo podremos comer ni vivo ni muerto porque todo ha sido arreglado para que pueda salir siempre airoso en los hombros de la multitud, que ignorante, brota de la plaza cargándolo en alto. Esos mismos hombros que lo seguirán llevando encima incluso cuando ya no esté ahí de cuerpo presente—porque son esos hombros, los de la gente trabajadora, los que verdaderamente traen el país a cuestas.
Añoro esas otras épocas en las que el jefe del ejecutivo estaba confinado a la burbuja de su palacio presidencial. Adecuadamente reducido a su justo tamaño.
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