Un alma de película
Recordaran que en los primeros meses de 2004 fue cuando se hizo evidente que los líderes en el Congreso y el Presidente mismo se habían tomado en serio la propuesta sobre la ampliación del período presidencial o la reelección misma. La propuesta, que fuera hecha por Noemí Sanín el 20 de enero, recibió rápidamente el visto bueno de Palacio cuando días después, el 1 de febrero de 2004, Fabio Echeverri Correa hiciera clara la estrategia al manifestar que solo bastaba con cambiar un ‘articulito’ de la Constitución. De los meses que se siguieron recuerdo mucho al Presidente contando cómo la Primera Dama, Lina Moreno, llegó un día y le preguntó algo así como lo siguiente: Uribe, ¿de qué se trata ese cuento de la reelección?
Repaso en la memoria haber escuchado al primer mandatario y luego candidato arrancar con esta anécdota en más de una ocasión, en entrevistas, o en los consejos comunales, o en campaña—que es lo mismo. Todo el que es casado coincidirá conmigo en que fácilmente puede uno imaginarse cómo tal conversación haya tenido lugar—el tono, las caras, quién suelta la pregunta justo al momento de destender la cama para acostarse—el escenario todo.
Desafortunadamente no todos los maridos podemos decir que al día siguiente, o al año siguiente, logramos salirnos con la nuestra—Uribe sí. Esto a pesar de que en aquel entonces, cuando se escuchaba mucho más sobre la persona de la Primera Dama, la información que teníamos los colombianos sobre Lina Moreno es que se trataba de una mujer con talante propio.
Hoy, cuatro largos años después, no logré rastrear la historia tal y como yo la guardo en mi memoria. Sí pude, por lo menos, dar con varios artículos en los que se registra claramente la desavenencia con que la esposa del presidente colombiano veía el tema de la reforma constitucional. Entre los más notables encontré uno de muy buena fuente, de las propias palabras de los hijos del matrimonio Uribe Moreno. En entrevista con María Isabel Rueda para Semana el 5 de junio de 2004, la columnista les dice a Tomás y a Jerónimo: “Entiendo que a Lina [Moreno] de Uribe no le gusta la reelección.” Tomás Uribe le contesta a María Isabel diciéndole que “no está para nada equivocada;” y Jerónimo le agrega que “ella, [su mamá,] dice que solo le dieron casa por cuatro años; y que el 6 de agosto empaca su ‘maletica’ y se va por la puerta de atrás.”
Lo cierto es que Lina no se fue.
Con todo y ello, esta y otras historias anecdóticas le sirvieron bien al Presidente para poder así construir un escenario para las familias colombianas, para el pueblo, y finalmente para los electores; mientras que al mismo tiempo el gobierno navegaba las turbias y sinuosas aguas del trámite de la reforma constitucional en el Congreso.
Estas herramientas no son cosa nueva en política y se usan en todos los escenarios. Son particularmente famosas las historias que se construyen en Estados Unidos alrededor de los políticos porque sus campañas y los medios están convencidos —y sus razones tienen— de que tales marcos anecdóticos son muy importantes para los votantes. Se les llama: “narrativas personales.” En algunos países son incluso útiles —si no necesarias— en la vida diaria de cualquier persona para poder “venderse” a si misma en el mercado laboral profesional. Particularmente famosas lo fueron el año pasado las historias personales de Barack Obama y Sarah Palin. Algunas veces estas se capturan en libros, fotos de la niñez, años de juventud, o experiencias de vida que luego son amplificadas con el discurso y la publicidad. Al respecto, sobre el caso norteamericano, les recomiendo este articulo de la revista Newsweek.
En Colombia no hemos tenido nada que envidiarle a las narrativas gringas y la de Lina Moreno seguro pasa agachada entre las más inocentes. Recuento varias en particular: la campaña de Ernesto Samper haciendo uso del atentado de que este fue victima en 1989 como persona que había sufrido en carne propia la violencia del narcotráfico durante las elecciones de 1994—aun cuando el atentado ni siquiera era para él; la de Andrés Pastrana como el único que había tenido el coraje de difundir los casetes del proceso 8.000 en 1994 para las elecciones de 1998; y, para cerrar el círculo al presente, las de Álvaro Uribe como hijo de un emprendedor hacendado antioqueño quien había muerto defendiéndose a balazos de la guerrilla y haciendo uso de Francisco Santos como fórmula vicepresidencial—un abanderado por experiencia en carne propia del flagelo del secuestro.
Todas estas fueron narrativas personales muy propicias para el momento histórico del país y, no nos de vergüenza decirlo, efectivas para los respectivos fines electorales del momento.
Las narrativas personales en política son, casi como regla general, “inocentes” exageraciones de los hechos. Las nuestras, sin embargo, son todas ellas muy “reales.” Ello se da a cuenta de que en Colombia muchas veces, lastimosamente, las exageraciones sobran porque los hechos mismos rebasan la realidad. Pero ahora que pareciéramos estar “superando” las nefastas fuentes que nos han permitido “escapar” al recurso de la exageración, aquel a quien seguro mucho debemos los colombianos por tal aparente mejoría, ha pretendido en los últimos meses que le otorguemos un pase gratuito al mundo de la imaginación retórica.
De todos es ya sabido que el pasado 21 de abril el presidente colombiano sostuvo una conversación con el ex mandatario estadounidense Jimmy Carter, y que durante la misma, este último le preguntó al primero sobre la posibilidad de una segunda reelección, a lo que, según se reportó, Uribe respondió que se encontraba “en un dilema personal” en el cual estaba “convenciendo a [su] alma para no hacerlo.”
Aunque los pormenores de la conversación nunca fueron hechos públicos oficialmente, desde entonces el presidente colombiano no ha perdido oportunidad para confirmarlos al echarse el cuento del alma en cuanto escenario ha podido. Me atrevo a pensar que se lo echo incluso al mismísimo Obama—maestro por excelencia en retórica y narrativa personal.
Me preguntaran entonces a que viene todo este cuento sobre el que ya venimos y llevamos escuchando tres meses y fracción. Pues bien, el otro día me vi el corto promocional de una película que saldrá en las salas de cine estadounidenses este viernes, se llama: Cold Souls. En esta historia, el actor Paul Giamatti interpreta la vida surrealista de un actor llamado Paul Giamatti a quien su alma comienza a pesarle demasiado. Cansado y sin saber que hacer con su alma, Paul encuentra en un artículo de la revista The New Yorker la solución a sus problemas y la llave a la “felicidad.” Una compañía de alta tecnología ofrece extraer y luego congelar y almacenar el alma de las personas. Giamatti es atrapado inmediatamente por la idea y decide someterse al procedimiento. Al paso de unas semanas de liviana existencia, Paul descubre que la vida sin su alma no es en verdad tan placentera como él lo esperaba y decide regresar a la compañía para revertir la extracción. Para su sorpresa, Giamatti descubre que la compañía ya no tiene récord alguno de su alma y que esta ha sido seguramente robada, tras lo cual es informado que ha entrado a engrosar la lista de victimas del naciente y moderno esquema criminal de tráfico de almas.
Puesto que la película se estrenará en no otro día mas que justamente el viernes 7 de agosto, a un año de que los colombianos veamos tomar juramento al ¿nuevo? presidente para el período de 2010 a 2014, se me ocurrió más que coincidencial releer de nuevo el artículo que el 24 de abril de 2004 escribiera el ex ministro Hommes describiendo el también surrealista debate que imaginaba estaba ocurriendo entre el Presidente y su alma. Y pensé, soñé, que dadas las coincidencias, si tal fuera nuestra suerte, ese mundo en el que habita el primer mandatario colombiano pudiera bien ser el mismo de Paul Giamatti; y que, quizás, Uribe podría también hacer uso de los servicios de la empresa neoyorquina y asimismo bien sacarse el alma.
Estoy seguro que con el fuero presidencial y las renacientes buenas relaciones con el gobierno americano, Uribe podría obtener una mejor garantía sobre la seguridad de su alma y evitar la suerte de Giamatti. Librado del peso de su alma retorcida—que le sigue instando, que no tentando, a pensar en la reelección. De golpe ya no necesitaría más de las ‘goticas’ homeopáticas y quizás la opinión de Doña Lina Moreno, ya no en competencia con el alma, pesaría lo mismo que pesa la de todas nuestras esposas y esposos, y de paso nos liberaría a los colombianos de una vez por todas de este limbo político en el que nos ha metido.
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agosto 6, 2009 at 5:18 pm
Yo estaba convencida que la cabeza le decia que si y el alma que no, en cuyo caso deshacerce del alma seria contraproducente.