Déjà vu
Ya no recuerdo de quien lo aprendí que siempre cargo un libro en la mochila por aquello de que no se sabe dónde le toque a uno esperar y más vale tener algo a la mano para leer—distinto a vallas publicitarias o revistas viejas. En los últimos meses no he tenido que esperar mucho en ninguna parte y me vi limitado a echarle diente al libro que venía cargando únicamente en los quince o veinte minutos diarios de trayecto en bus a la universidad. Pero ya por fin lo terminé—el primer tomo.
En diciembre de 2007 lo vi por primera vez. Me había entrado a la Librería Nacional en busca de un libro para regalarle a Maria del Carmen, Pelando la Cebolla de Günter Grass; y se me antojó (necesario) comprarme un libro sobre Historia de Colombia—de la cual confieso saber de nada a muy poco. Como el de Grass era fácil de encontrar porque recién había salido a la venta, me concentré en lo segundo. Para mi tristeza, rápido me encontré perdido entre puros estantes llenos de best-sellers importados, nuevos y viejos, revistas con mujeres desnudas y un remedo de Starbucks criollo en medio de la librería. Por más que yo traté de levantar la cabeza componiendo una autentica cara de comprador embolatado, nadie se acercó a ayudarme. Decidí salir por donde mismo entré y me pasé al local de al lado donde queda la Librería Científica—que es más pequeña, menos sofisticada, tiene claro que lo suyo es vender libros y no anda buscando parecerse a Barnes & Noble o Borders.
En contraste, al momento me abordó un empleado de la librería—pongámosle Pedro—y yo le dije: ando buscando un buen libro sobre Historia de Colombia (en narrativa). Pedro le pensó un momento y me dijo que no creía tener algo sobre historia patria en el momento pero que tenía varios sobre historia contemporánea. Le dije que igual me interesaba y arrancó a mostrarme.
Pronto Pedro y yo nos dimos cuenta que cuántos libros me mostraba, tenían todos un tema en común: violencia. Rápido nos encontramos en frente de una sección con varios libros de Alfredo Molano—a quien yo había leído en El Espectador pero de quien nunca había tenido libro alguno. Pasamos también por Razones de Vida, de Vera Grabe, y por muchos otros escritos por periodistas y capos caídos con sobre temas de de ayer y hoy. Le dije a Pedro que esto último definitivamente si no me interesaba—entonces nos regresamos a lo de Vera Grabe y Molano y como lo de la primera era sobre el ya extinto M-19 pensé que lo de Molano—principalmente sobre las FARC—era finalmente de más relevancia para entender el presente con un poco de ayuda del pasado.
No obstante, Pedro me hizo detener frente a un libro—dos tomos—que había unos estantes debajo de los de Molano. Se titulaban: La Violencia en Colombia, por Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna. El primero de lomo rojo y portada negra, el segundo lo opuesto—llamativos y de bonita edición. Se trataba de la reimpresión que la editorial Taurus hizo en 2005 de sus originales publicados en 1962 y 1964 (ver reseñas). Me enamoré de ellos. Les miraba por delante y por detrás como quien busca encontrarle un desperfecto a algo para poder rechazarlo sin remordimiento.
Finalmente les encontré el defecto y para no hacer larga la historia, la cosa se redujo al presupuesto. Yo tenía en el bolsillo como unos $60.000, Pelando la Cebolla de Grass costaba unos $35.000, y Trochas y Fusiles de Molano (el que más me recomendó Pedro) estaba por los $20.000, así que la cosa cuadraba y me dejaba para el taxi. Mientras que los tomos de La Violencia costaban cada uno $45.000—hoy ya cuestan $55.000—y ahí no hubiera alcanzado para la obligada cebolla de Günter.
De todas formas me quedé picado porque de todo lo que me había mostrado Pedro, lo que más cara de historia tenía era justamente lo que no pude comprar. El libro de Molano me lo leí a principios de 2008—bueno—y luego le conté a Maria del Carmen sobre los dos tomos de La Violencia que me habían quedado sonando. En agosto de 2008, cuando Maria del Carmen empezó el doctorado en literatura, por esas vueltas de la vida, en uno de sus primeros cursos tuvo que leerse el libro de Vera Grabe—que entonces compramos—y hacer un trabajo sobre el de Molano—que ya teníamos. El de Grass no salió tan bueno y yo de todos modos seguía con el antojo.
En diciembre de 2008 llegó mi aguinaldo. Incluía, entre otras cosas, los dos tomos de Guzmán Campos y compañía. De todas formas tuvieron que esperar a que me terminara unas lecturas que ya tenía empezadas. Hace un par de meses le llegó la hora al primer tomo y ya por fin me lo terminé. Digo por fin, porque debo confesar que no es fácil. De hecho, es pesado; y yo que soy lento para todo hice de su lectura algo parsimonioso. Además lo tomé como lo que es, un libro prácticamente académico (aunque al mismo tiempo denuncia y testimonio). Lo llené de notas al margen y ahora que lo tengo aquí al lado veo que no dejé pasar más de dos páginas sin subrayar párrafos enteros, escribir reflexiones, y hacerle más y más notas al margen.
Este primer tomo de unas 360 páginas le pasa revista rápida a la Colombia que se forjaba entre 1930 y 1946, y luego se adentra en una seria mirada a los acontecimientos de la llamada “violencia” que se dio en nuestro país entre 1948 y 1958, y termina ad portas del período presidencial de Alberto Lleras Camargo. No solo se limita a la narración y denuncia de hechos, sino que gracias a la privilegiada posición del primer y principal autor, Guzmán Campos—quien fuera párroco en El Líbano, Tolima y parte de la comisión encargada por la Junta Militar de establecer las causas de la violencia en Colombia—posee una prosa especial que ayuda a entender cómo transcurría la vida de aquellos años que por siempre nos afectarían.
No sé de sociología o ciencias afines pero estoy seguro que hoy, 47 años en la distancia, muchas de las técnicas o aserciones que se usan o se hacen en el libro quizás puedan ser rebatibles. Sin embargo, el texto está lleno de paradigmáticas semejanzas con la realidad actual. Lleno de sorpresivas realidades aún latentes. Le pone a uno de frente los hechos (que hoy también sabemos) insolutos de la vida de miles, millones de Colombianos por más de 50 años y parece increíble que los fenómenos descritos, las frases y las conclusiones de un texto escrito hace tanto tiempo bien pudieran ser extraídas hoy para describir buenos apartes de la política actual, el estado del conflicto, los motivos de los actores en el mismo, y en general, la vida de todos como habitantes de un mismo territorio que pareciera estancado en el tiempo.
Se lo recomiendo a todo el que quiera hablar seriamente sobre el continuado estado de conflicto en el país y me traigo una frase que Fals Borda escribió para el prologo de la edición de Taurus en 2005:
“Ahora [...] estamos repitiendo la dosis de manipulación mediática, persecución, autoritarismo y mesianismo que creíamos superados [...]. Los ciclos de violencia y terror se han venido repitiendo así con autores y actores redivivos que apenas cambian de nombre o apelación, pero que siguen haciendo los mismos crímenes,”
sobre lo que luego se sorprende por la “extraordinaria capacidad de aguante” del pueblo colombiano. A lo que yo le agrego mi sorpresa a nuestra infinita estupidez, que nos ha mantenido inmóviles ante los continuados abusos de poder de parte y parte, de los cuales, los que más desconsuelo producen, son aquellos provenientes de quienes más esperamos—aquellos que están dentro de la “legalidad”.
La nuestra, además, es una estupidez pasiva y sin memoria, sin conciencia histórica. Ciudadanos cautivos del momento presente y el entorno inmediato, sin saber, ni poder —y quizás ni querer— ver más allá de los acontecimientos diarios. Hipnotizados. Viendo espejismos de victorias edificadas sobre el mismo vacío de las derrotas. Recreando sectarismos partidistas con nuevas formas de polarización al rededor de conceptos que no deberían tener dueño.
Entonces pienso de nuevo en aquello que es lo más delicado e imperativo por cambiar, la continuada renuncia voluntaria a intervenir y participar, que lo único que ha hecho de nosotros es convertirnos en idiotas útiles de causas mezquinas.
Ahora ando con un libro distinto (Counselor, de Ted Sorensen) para “variar”, y en unos meses espero poder leerme el segundo tomo. Además, ya que conté la historia de cómo llegaron a mis manos, puedo luego encontrar el tiempo para extraer algunas de esas notas al margen y expander cosas que acá ya alargarían mucho el cuento.
Por último, las notas al respaldo de ambos tomos que, irónicamente, obtuve de la página Web de la Librería Nacional y un vínculo a una reseña que se publicó en 1999 en la revista Credencial Historia sobre la edición original, disponible en la página de la biblioteca Luis Ángel Arango.
Leer la reseña de la revista Credencial Historia aquí.
|
En 1958, bajo el gobierno de la Junta Militar, se creó una comisión encargada de establecer las causas de la violencia en Colombia. De esta comisión hizo parte monseñor Germán Guzmán, párroco de El Líbano (Tolima), una de las zonas más afectadas por la brutalidad que se había batido sobre nuestro país después del trágico 9 de abril. Monseñor Guzmán compiló voces e imágenes de actores, víctimas y testigos, una enciclopedia de la infamia que despertó el interés de Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, fundadores e investigadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional y quienes invitaron a monseñor Guzmán a escribir un libro conjunto: La violencia en Colombia. |
|
En 1964 salió a la luz este libro, el segundo tomo de La Violencia en Colombia, como respuesta a la enconada polémica que había suscitado la primera entrega del texto por su carácter de denuncia frente a la terrible situación que atravesaba el país. Como continuación del primero y la réplica a toda la polémica que se había despertado, este nuevo tomo se aleja del testimonio de los diferentes actores, víctimas y victimarios de la violencia, para adentrarse en el análisis sociológico, teniendo como eje principal los códigos de los alzados en armas y la, así llamada, Ley del Llano. |
You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
octubre 9, 2009 at 11:58 am
que libro mas bueno, interesante, me aclaro realmente muchas dudas, de nuestra historia, pero ya no hay en panmericana ni en casi nuncçguna papeleria, saquenlo de nuevo.