Una claridad, cuatro conceptos y otra opinión
Luego de unos días de descanso mental sobre el asunto me decidí a leer de nuevo el comentario que Sebastián Acevedo hizo sobre mi artículo del 16 de junio. Primero había pensado en responderle allí mismo dentro de los comentarios, pero luego pensé que ya que los días habían pasado y siendo que nuestros lectores son (por ahora) un grupo reducido (y selecto), no hacía yo mal alguno en dedicarle una pequeña reseña de forma independiente.
Creo que la respuesta de Acevedo ataca un punto muy interesante. Por un momento, debo confesarlo, me preocupó. Sentí que la marea ya nos estaba atrapando. Que quizás como ciudadanos éramos partículas en el universo a punto de alcanzar un evento horizonte del que ya no habrá retorno. Pero luego pensé que después de todo, si aún no estábamos más allá de donde el tiempo y el espacio ya no son como los conocemos, entonces todavía era válido intentar algo diferente. Dejé sazonar la cosa otro par de días y lo conversé y le seguí echando cabeza al asunto. Para cuando me decidí ya tenia todo un rollo complementario al respecto.
Se me vinieron de nuevo frescas a la memoria las mil y una veces que he visto y escuchado la discusión que se ha dado sobre los conflictos en Irak y Afganistán, y la diferencia entre tener un plan o tener una estrategia. También sobre los métodos para combatir el terrorismo. Y por último, recordé una conversación que tuve alguna vez con alguien sobre lo que significaba tener ‘voluntad política’ para hacer algo. Entonces de nuevo até cabos y pensé que sobre estas tres cosas, el comentario de Acevedo era supremamente pertinente—aunque yo lo creyera impreciso en el lenguaje.
Tres temas entonces: el primero, una claridad de carácter personal; el segundo, una revisión de cuatro conceptos; y el tercero, una opinión sobre el lugar de los anteriores en el escenario que se nos viene. Más un final comentario.
Una Claridad
Fruto de los comentarios de Sebastián, quiero hacer claridad sobre tres puntos: (1) no creo que los adjetivos sean adornos casuales a la derecha (o izquierda) de las palabras, y creo que debemos rehuirle a la facilidad de ignorarlos en procura de los fines que los sustantivos sustantivos buscan; (2) no creo que haya espacios interpretativos tan amplios como los ‘tal vez se refiere a’, cuando un actor político del calibre de un ex asesor presidencial decide transmitir y ampliar conceptos tan fuertes como el de la ‘seguridad democrática’ a través de los medios; y (3) sí creo que en Colombia se ha puesto en discusión el marco unitario (constitucional y legal) dentro del cual se define la seguridad—por lo mismo fue que planteé el artículo y su contenido.
Estas son, claro está, mis posiciones personales aquí y ahora, que hoy creo sólidas y por ello las planteo, pero que no por ello las creo absolutas—por lo que, y para ello es este espacio, siempre están en continuo estudio y sujetas a revaluación.
Respecto al primero y al segundo, una ampliación: Es sobre el uso del lenguaje en política sobre lo que justamente he querido llamar la atención con los últimos artículos—porque no hay palabras que no vayan al pie de las letras que las componen, ni frases que sean fortuitos arreglos gramaticales. No. Por el contrario, las palabras y frases que estas componen son el vapor que alimenta la máquina de las ideas que estas mismas transmiten. Las palabras, y sobretodo en política, tienen una razón de ser. Además, si los ojos son el espejo del alma, las palabras lo serán el del pensamiento—y de su nitidez, sobreviene el espacio que dejan a la interpretación. Entonces yo las escucho, las leo y las escribo con el mismo riesgo de quedar a dispensa de mis propios juicios sobre otros y de los que otros lean de mi y en mi, y hagan sobre mi.
Cuatro conceptos
Cuando estaba en el colegio y tenía una duda sobre una palabra, lo último que yo quería hacer era preguntarle el significado a mi papá. Aborrecía el proceso que se desataba de tal ‘descuido’ y que era algo que iba más o menos así: primero, vamos a ver que dice el diccionario de Salvat (un diccionario gigante azul); luego, comparémoslo con el Larousse (que de pequeño no tenía nada); y por último, repasemos lo que establece el diccionario de la Real Academia (en las dos versiones que teníamos en la casa). No los voy a someter a semejante ejercicio de tortura—infortunio el mío que ya no tengo al alcance. Así que sujeto ahora a la inmediatez y reducción del Internet les copio aquí en corto cuatro conceptos que considero son clave‡.
Estrategia: Arte de dirigir las operaciones militares. Arte, traza para dirigir un asunto.
Método: Modo de decir o hacer con orden. Modo de obrar o proceder, hábito o costumbre que cada uno tiene y observa.
Voluntad: Facultad de decidir y ordenar la propia conducta. Acto con que la potencia volitiva admite o rehúye una cosa, queriéndola, o aborreciéndola y repugnándola. Libre albedrío o libre determinación. Elección de algo sin precepto o impulso externo que a ello obligue. Intención, ánimo o resolución de hacer algo. Gana o deseo de hacer algo. Disposición, precepto o mandato de alguien. Elección hecha por el propio dictamen o gusto, sin atención a otro respeto o reparo. Propia voluntad.
Plan: Modelo sistemático de una actuación pública o privada, que se elabora anticipadamente para dirigirla y encauzarla. Escrito en que sumariamente se precisan los detalles para realizar una obra.
‡ Tomados del diccionario en línea de la Real Academia Española.
Otra opinión
Por una parte, no creo que los candidatos a la presidencia necesariamente tengan que desglosar de manera detallada las estrategias y métodos con los que vayan a enfrentar el tema de seguridad en Colombia—que por demás, debemos de una vez por todas decirlo claramente, dentro del marco que describía Echeverri Correa, se refería a la guerrilla y no a su rebuscado ejemplo de los estadios de fútbol. En tales escenarios, hablar de métodos y estrategias, incluso podría representar un error grave. Primero, porque significa poner en aviso a los grupos al margen de la ley; y segundo, porque puede generar reveses a futuro a los cuales ningún candidato o presidente electo debe exponerse.
No que con ello no comparta la preocupación de Sebastián, sino que me la planteo en términos distintos—en los otros dos términos. Creo entonces que los candidatos sí deben establecer claramente cuál es su voluntad (política) respecto al conflicto armado colombiano, cuál es su grado de resolución para enfrentar a sus actores, y, más importante aún, deben esbozar un verdadero plan para Colombia.
Álvaro Uribe ha sido sin duda el presidente con mayor voluntad política para enfrentar a los grupos armados colombianos. Como candidato entre 1999 y 2000, fue justamente eso lo único que esbozó con claridad: voluntad política para enfrentar a los armados. (Por el contrario los otrora famosos 100 puntos ya nadie los recuerda ni se preocupa por revisar.) Fue con ello, con pura voluntad, que estableció lo que hoy entendemos como la ‘seguridad democrática’. Sin embargo, durante casi todo su primer período careció de estrategias y métodos claros y por tanto no exitosos. Fue solo más tarde, con la acumulación de una experiencia, propia y de las fuerzas armadas del estado, que tales estrategias y métodos comenzaron a cuajar y se refinaron al punto de darle los logros que merecidamente le han favorecido en su mandato.
No obstante, sigue ausente la existencia de un plan. Uno integral. Pareciera que los éxitos, en lugar de darnos el espacio para generarlo, han por el contrario facilitado un estado de hipnosis general en el que continuamos rehusándonos a hablar abierta y claramente de los problemas sociales que han sido el origen del conflicto mismo. Más grave aún, pareciera que tal hipnosis es algo que se quisiera perpetuar, pues permite usar el concepto de la ‘seguridad democrática’ como herramienta al servicio de un bloque político particular—que era lo que discutía en el articulo anterior.
Creo entonces que si algo debe exigir el electorado de los candidatos a la presidencia es una exposición clara de su voluntad política frente a los problemas del país, y el que tengan un plan integral para dirigir y encauzar dicha intención y resolución hacia un escenario en el que sea claro para qué es que queremos ganar en el conflicto. Las estrategias y los métodos son cosa (que podemos y quizás nos convenga dejar) para más adelante.
* * *
En una nota corta. Sebastián menciona de paso un punto interesante sobre el que espero escribir en el futuro. Cuando Sergio Fajardo enfrenta la pregunta sobre el tema de la guerrilla y echa su cuento sobre la “lección aprendida” no está lejos de hacer, solo que desde una esquina distinta del cuadrilátero político, lo mismo que hacen los ‘uribistas’: definir arbitrariamente un punto histórico de partida que le favorece la exposición de unas ideas.
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Julio 14, 2009 at 4:20 am
Dr. por aqui estuve visitando el sitio que me recomendaste, hay artículos de opinión bastante interesantes, luego los miraré con mas calma.
Slds