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La deuda pendiente

Tras el paso del tiempo, y conforme continúe el aparente avance de la resolución del conflicto colombiano por la via armada, se esconde en verdad uno de los potenciales más grandes errores que pudiéramos cometer como nación: sepultar en la conciencia colectiva, y con el cambio generacional, los orígenes más profundos del problema—el olvido estatal al que han sido relegados por décadas grandes sectores de la población—y por lo tanto substituir las no pocas falencias del estado por un (cosmético) problema de cobertura en seguridad y monopolio de las armas.

El pasado 15 de abril se publicó en la revista Cambio un artículo titulado: ‘Jóvenes serán decisivos en las próximas elecciones’, por José Manuel Acevedo. El cabezote del mismo leía: “Son uribistas, les interesa la política, y el desempleo es su mayor preocupación”. Sin embargo, el cuerpo del artículo daba para múltiples interpretaciones y el cabezote no era digno del contenido sino quizás un escape del ‘inconciente’ de los medios. Las contradicciones en el artículo eran tales que, a pesar del prólogo citado arriba, la sección titulada ‘Cómo ven a Uribe’ arrancaba así: “A juzgar por diferentes episodios que han sucedido en eventos con jóvenes, estos no son precisamente los mas fanáticos seguidores del presidente Uribe”. Pero si el articulo dejaba ver una u otra tendencia política en la juventud colombiana eso en verdad es un asunto por verse. Una cosa es el alto índice de aceptación de un gobernante (alrededor del 70% entre la población de 18 a 35 años), y otra muy distinta la intención de voto—sobretodo cuando en camino se vienen figuras como Sergio Fajardo, cuyo potencial atractivo entre la juventud esta por medirse. Lo que sí es cierto es que para el 2010 la población votante en Colombia evidenciará qué tipo de cambio generacional se este dando en el país y marcará cual sea la atención que le debamos poner a asuntos del pasado (y el presente) que son claves para resolver el futuro de todos.

Quienes vayan a votar por primera vez en las elecciones de 2010 son los ciudadanos que nacieron alrededor de 1990. Esto quiere decir que los futuros votantes entre 18 y 24 años serán personas que no tengan experiencia cívica en una Colombia anterior a la Constitución de 1991—o lo que quede de ella para entonces. Serán personas que hayan pasado de la adolescencia a la adultez durante los (para entonces por cumplirse) ocho años del gobierno Uribe. Los que para 2010 tengan entre 25 y 34 no distan mucho del escenario anterior. Nacidos alrededor de 1980, su memoria ciudadana arranca a partir de la guerra contra los carteles. En suma, la población joven de Colombia entonces será una a la que las palabras ‘proceso de paz’ solo le registren en su memoria como sinónimo de los diálogos del Caguán. Eventos como la toma del palacio de justicia, o los diálogos de la Uribe durante el gobierno de Betancur son cosa de un pasado cada vez más distante—imágenes borrosas a lo sumo. Su concepto de un partido de izquierda se asocia predominantemente con el Polo Democrático Alternativo—atrás habrán quedado los difuntos militantes de la Unión Patriótica que nadie extraña, y ni que decir de los fenómenos comunistas y anarquistas de los sesenta y para atrás. Esto es mucho más delicado sobretodo porque aquellos que osan hacerlo (recordar, quiero decir) son considerados parias sociales, ‘nostálgicos de la violencia’, como los bautizó el presidente hace un par de años estigmatizando así a todo aquel que pretenda manifestar abiertamente tener una memoria de la patria anterior a 1990 ó 1980. A esta nueva generación de Colombianos se le hace extraño que el aparato del narcotráfico haya alguna vez operado separado del conflicto armado. La década de los 90 la vieron a través de los ojos de sus padres y hoy identifican a los grupos armados fuera de la ley con el prefijo narco (narco-paramilitares o narco-guerrilleros) como cosa que se da de forma natural en el lenguaje. Y en materia global, cosa no menuda, esta generación alcanzó la madurez de conciencia de mundo bajo un solo significante fraguado en la palabra terrorismo, aquel acuñado luego de los eventos del 11 de septiembre de 2001.

Todo esto puede sonar a una descripción ligera del cambio natural intergeneracional, pero no es asunto banal.  Si en Colombia se le continúa dando validez a la presunción de que existe una única salida al conflicto y que ésta solo pasa por la avenida armada, estaremos ad portas de (intentar en vano) sepultar vivo el origen social de nuestros problemas; de continuar dejando en el olvido a quienes habitan en los margenes.  Esto mientras el establecimiento, como un todo, continúa tapando el sol con un dedo, pretendiendo ocultar lo que más obvio no puede ser ¿o es que acaso no lo es? Estamos en deuda con todo un país, bien haríamos en comenzar a abonarle tanto al capital como a los intereses.

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