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Los Angeles I
Compartiendo navío

En casa de Margaret y Irvin viví un año y medio — de diciembre de 2003 a mayo de 2005. Margaret me rentaba una habitación diagonal a la suya en el segundo piso de su casa, que había pasado de ser biblioteca abandonada a cuarto de estudiante improvisado. Ella, una negra buena persona, había ya pasado de largo por los 60 años, y llevaba en la mirada un delicado balance de tragedias y alegrías. Irvin, un viejo caucásico a quien solo los lunares de los años lograban sazonarle la piel manchada por el seco sol de California, se la pasaba en un sillón de la sala tocando un trombón en el que repetía exactamente la misma melodía durante cada corte a comerciales. Los dos compartían la vida juntos no se desde hacía cuanto. Cada uno estaba en su segundo matrimonio y se la pasaban renegando—más ella de él que al contrario, y aun así, les recuerdo como un matrimonio feliz. (A fin de cuentas, no hay dos viejos que al estar juntos no reflejen amor con su sola permanencia en pareja.)

En una casa donde todo era modelo 60 o anterior yo contrastaba en ese entonces con mis 26 años al galope. Como cualquier estudiante extranjero, me la pasaba la mayor parte del tiempo metido en los salones de clase, laboratorios de cómputo y, por supuesto, la biblioteca. Era imposible, sin embargo, ser ajeno a la disputa política en la que estuvo inmerso los Estados Unidos durante todo el 2004. Y fue justamente en la cocina de Margaret —al fondo: el trombón de Irvin y las mismas notas de nuevo— donde aprendí una de las primeras lecciones norteamericanas sobre ejercicio ciudadano y cultura política.


 
Margaret enviudo de su primer matrimonio muy joven. No recuerdo la causa pero si las circunstancias en las que quedó: tres hijos: dos mujeres y un hombre —todos escasamente coqueteándole a la adolescencia— y un escenario que debió ser más o menos algo así: mujer viuda, negra, sin preparación alguna, con tres menores que mantener, al rededor de 1960, en medio del centro de Los Ángeles (entre Jefferson y Exposition Blvd., lado oeste), y al despertar del “fin” de la segregación racial estadounidense. En contra de cualquier expectativa de la época, Maragert sacó adelante su familia en el transcurso de la misma década durante la cual perderían la vida: Martin Luther King, Jr., John y Robert F. Kennedy—este último asesinado la noche de las primarias demócratas de California de 1968, en el Hotel Ambassador, a tan solo unas cuantas cuadras de la casa de Margaret. Esta misma casa que tres décadas más tarde sería testigo de las revueltas negras de 1992. Allí mismo, cerca de la intersección entre las autopistas 10 y 110, y a tan solo una cuadra de la casa de Margaret queda la Universidad del Sur de California, que es la que a todas estas cruza nuestros caminos, once años después. Yo sería uno de los últimos estudiantes a quien Margaret alojara en su casa luego de casi cuatro décadas de simbiosis con la universidad. Mutualismo que le permitió a ella sacar su familia adelante, y a mi conocerla.

Y ahí estábamos pues, durante todo el 2004 compartiendo en la cocina unos ratos al desayuno, al almuerzo y la comida. La habitación no incluía ningún servicio, y para sorpresa de Margaret, con 40 años en el negocio, yo me convertí en el primer habitante de su casa que religiosamente se hacía de comer y lavaba los platos tres veces al día.  Mientras yo desayunaba ella me enseñó a escuchar la radio pública nacional (NPR); y mientras almorzaba, yo le hacía repetirnos los capítulos de ‘The Cosby Show’ y ella lavaba platos y renegaba de Irvin quien al fondo tocando su trombón, y si, sonaba de nuevo la misma melodía. Al medio día, en algunas ocasiones, me cruzaba con Irvin en el almuerzo ¡Caos! Y en medio de ello, al pasar los canales, Irvin de repente se detenía por unos minutos en C-Span. Y por las noches, si lograba llegar para las seis, veíamos juntos, antes de yo subirme a mi resguardo, ‘The News Hour’ con Jim Lehrer en PBS (que es la red de televisión pública nacional.) (NPR, PBS y C-Span son cosas que dar%aacute;n para otra entrega más adelante.) Aunque lo anterior no era de todos los días —sin contar la ausencia temporal de Irvin por la operación de un tumor en el cerebro— fueron los suficientes como para que conversáramos esporádica y cautelosamente sobre el proceso electoral. (Cautelosamente porque de eso—incluso en EU—es ‘mejor’ no hablar.) Al final, ya sin prejuicios ni temores, nos alertábamos sobre cuándo iba a ser el próximo debate presidencial (las primarias no nos dieron mucho de que hablar, al contrario de las más recientes) y sobre algun discurso importante. Llegado el momento, cada quien corría a su televisor.

Así se dio la rutina hasta que se llegó el martes 2 de noviembre de 2004. Yo había deducido que Margaret era demócrata a cuenta de algunos comentarios que me hizo al paso acerca del Senador Edward M. “Ted” Kennedy—y porque era obvio. Entonces, en la mañana del 3, cuando bajé a hacerme el desayuno sabiendo ya el resultado, que significaba la reelección de George W. Bush—confirmación de que prevalecieron los ataques al historial y la integridad de un candidato casi Forrest-Gumpesque sobre los planes e ideas de las agendas electorales— vi a Margaret en la cocina y le dije: Maggie ¿viste pues? No le alcanzó a tu candidato (nuestro.) Y le rematé con algún comentario apocalíptico de tipo: ¿Y ahora qué nos queda?

Ella me miro tranquila. Se sonrió—por dentro, como quien esta a punto de revelar un gran secreto que en verdad es obvio, y me dijo: Ricardo, ya escogimos Presidente. Ahora nos corresponde a todos hacer cuanto esté a nuestro alcance para que su gobierno tenga éxito. Su éxito es el éxito de todos (nosotros.) Su éxito es mío. (Y el escogimos denotaba que ella, aunque hubiese votado por el otro candidato, había participado de los comicios y por tanto era igualmente responsable del triunfo de su opositor, luego entonces, su derrota era su triunfo.) E pluribus unum en una de sus tantas expresiones de ejercicio ciudadano.

Franco. Llano. De la boca de quien bien habría podido tener mucho de que quejarse, renegar, y por lo que sentir una nueva desilusión. En medio de un barrio en el que si uno se para solo en una esquina no pasan más de treinta minutos para que una patrulla de la policía circule alumbrándole a uno a la cara con un reflector. En medio de una comunidad de clase media baja a quienes la política fiscal ha venido desmoronando poco a poco y cuyos hijos son casi metódicamente enviados a una guerra (que para la época ya comenzaba a ser duramente cuestionada desde el interior mismo de EU) bajo la promesa de un mejor futuro profesional—si regresan.

Me guardé entonces mi primera lección de Los Ángeles. Hoy la pienso cada vez que me cae su peso. No es una simple cuestión de subyugación de la opinión. No se trata tampoco de pintar aquí un escenario de ciego amor propio colectivo. El debate se da. Y se da a diario de manera vibrante y apasionada. Sin cuartel. Se da en todas partes y con un amplio espectro de opiniones. Pero prevalece la unión nacional, el mayor bien común, consagrado en el compromiso individual y colectivo con y por la democracia y las leyes. En el ejercicio del voto. En el ejercicio del servicio. Y en el respeto a las instituciones (en este caso la presidencial.) Pero también en un deseo por el bienestar, propio y ajeno: común. Porque si al otro le va bien, a mi me irá bien también.

Por esto colisiono con quienes se expresan sin esperanza y casi con desdén de la administración de la alcaldía de Bogotá (y yo no vivo en Bogotá), o luego cosa similar con la de Medellín, y de paso cada vez que veo que se reniega del uno y del otro—y que yo mismo lo hago. Y pienso de nuevo en Margaret y su noble sanción: ojalá le vaya bien. Porque su éxito será mío. Ojalá enotnces les vaya bien a Moreno, a Salazar, a Uribe, e incluso a Petro y a Piedad; y aunque confieso que me cuesta más trabajo escribirlo, ojala también le vaya bien a Valencia Cossio. Sus éxitos, vayan a favor o en contra de mis ideales o deseos, serán también míos. Serán nuestros. De todos. Porque en este barco de patria estamos todos juntos.

Lo anterior no sin una salvedad: los éxitos de cualquier servidor público o entidad del estado deben haberse derivado de acciones o proyectos que siempre se hayan dado dentro del marco de la legalidad y considerando la inclusión de la totalidad de los miembros de la sociedad, atendiendo el deseo de las mayorías pero con las garantías necesarias para las minorías. No dado esto último, todo lo anterior se nos va al traste. Allí entonces, el debate sangriento cobra vida y entonces tarde que temprano, cuando la pirinola se detenga, solo se leerá: todos pierden.

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