Y que se haga en mi tu voluntad
No porque crea yo que el gobierno sea una sola persona, el presidente, sino porque él personifica en su ser lo que es el gobierno, me referiré en adelante al presidente Uribe y al gobierno actual indistintamente.
Qué es entonces aquello que tiene el presidente? Pareciera que a los colombianos nos gusta que nos hablen golpeadito. Que nos recuerden el hacha que nuestros mayores nos dejaron por herencia. Aquella que cuando da sus golpes lindos acentos resuenan. Eso es quizás lo que nos resuena, allá adentro, en el corazón, el alma y la razón. El presidente de pronto nos recuerda uno de esos míticos patriarcas que abrieron trocha. O el hijo prodigo de los Herreros. Sí, Álvaro Uribe pareciera ser para Colombia lo que Efrén Herreros es fuese para su familia en la imaginación de Mejía Vallejo. Ese que es capaz de querernos a todos y comprendernos, pero que al mismo tiempo, cuando le ‘corresponde’, esta dispuesto hasta a castrar a ese pariente extraño que se nos metió en la casa.
Pero somos ingenuos todos. Ni Don Efrén ni el presidente son dioses olímpicos. No han venido para rescatarnos. Y aunque muchos casi religiosamente parezcan creerlo, no se quedarán entre nosotros, mucho menos volverán para rescatar a vivos y muertos. Y no porque el presidente no sea todas esas cosas buenas. Yo en verdad creo que es un hombre, un líder, y por encima de todo, un ciudadano de gran valía. Pero digo que todos somos ingenuos porque al apreciar tanto esas cosas buenas que el gobierno tiene, nos estamos dejando de apreciar a nosotros mismos como pueblo. Luego entonces caemos en nuestra propia trampa de la espera mesiánica. La que nos engendraron nuestros otros padres españoles hace ya quinientos años. La espera que dice que Dios proveerá. Sea Dios el de las alturas, o sea Dios el encarnado en el gobierno. El que ha venido para salvarnos de la guerrilla, los paras, los corruptos, los narcos, los diablos y diablitos que hemos engendrado nosotros mismos, y que en día de feria, en medio de la muchedumbre y sin que nadie nos vea, Dios incluido, porque estamos en tumulto, y entre el tumulto Dios—ingenuos nosotros—creemos que desde la tarima no nos distingue, aplaudimos. Sí. Aplaudimos. El pueblo aplaude la creación de los becerros de oro que nos llevaron a la perdición y ahora clama y llora porque a nuestro terrenal Moisés se le ablande el corazón y nos deje leer las leyes de nuevo. Entonces nos señalamos entre todos y ahora hay que echarnos a la hoguera. Ahora sí corresponde que saquemos nuestros males, que acabemos con la guerrilla, los paras, los corruptos, los narcos y los diablos y diablitos.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y ya que los hemos soportado por cincuenta años, muéstranos el camino para desterrar estos males que hemos engendrado.
La sátira no es de gratis. Pero me corresponde volver entonces al asunto y, no se si a ustedes les pase también, a mi me ocurre que las respuestas me llegan de vez en cuando en lo que estoy en la ducha. Mi mamá solía decirme que yo me metía solo a sobarme la barriga, y mi esposa se burla de mi creyéndome una auto reencarnación de Buda. Pero lo que sucede es que en lo que yo me sobo la barriga y miro el chorro—como si hubiera algo más allá de sus huequitos, yo voy, sí señor, pensando cosas. Y en los duchazos de la semana pasada caí en cuenta que Uribe y su gobierno no tienen nada de especial distinto a saber que es lo que ansiamos los colombianos. Ansiamos que nos resuelvan el problemita aquel. Que vengan y nos limpien la casa. Y él se ha limitado a eso. A sacudir el polvo y trapearnos el piso.
Los colombianos, los de arriba y los de abajo, crecimos con la cultura del servicio. No con la cultura de prestar servicio. No, esa no. Crecimos con la cultura de que hay servicio. De que hay muchacha del servicio. De que es otro, el que va a venir a limpiar lo que nosotros hemos ensuciado en la semana. Crecimos también entre la cultura del milagro. Algo superior vendrá a rescatarnos. A ayudarnos. Mientras vayamos a misa y recemos, con piadosa devoción, El vendrá a nosotros. Mientras paguemos impuestos y nos quedemos en la casa, el presidente debe resolvernos el asunto aquel. Pero confundimos la búsqueda espiritual con la búsqueda de tesoros. Nadie va a venir a salvarnos. Y no digo esto porque sea yo un ateo. Lo digo porque en mi fe sé que al Padre le ocupan más altos menesteres. Uribe entonces, esa muy buena muchacha del servicio que nos conseguimos, resulta que la habíamos contratado no más por días. Cuando caímos en cuenta que no iba a venir la próxima semana, entonces le contratamos otros cuatro días. Y hay ahora quien quiera que más bien la dejemos permanente y le hagamos cuarto del servicio, le compremos delantal, y todo, para que así la casa se mantenga limpiecita.
Ingenuos pues, somos todos. Porque nuestra casa esta en un barrial. Polvo habrá para sacudir, barrer y trapear, hasta que no decidamos, todos los que habitamos aquí y en el barrio. En especial, que los de esta casa aprendamos a entendernos con esos vecinos malucos que tenemos y con los del otro lado de la calle también. Que entendamos que para que se acabe el polvo y el tierral que entra a la casa, hay que pavimentar la calle. Hay que hacer una acerita de cementito. Convendría también poner un tapetito en la entrada para que los que entran se limpien los zapatos. Y otro buen numero de cosas. Mejor dicho, hay que invertir en las bases para dejar de esperar. Para dejar de sufrir el escenario en que la muchacha del servicio se nos vaya.
En resumen, somos nosotros, el pueblo, los que tenemos que tomar riendas del asunto y dejar de esperar, esperar y esperar, a que nos resuelvan el asuntito aquel. Llámesele guerrilla, paras, narcos, corruptos, ladrones o demás. Efrén, no era un muy buen padre, ni muy buen patriarca de Balandú. Uribe tampoco es tan buen presidente. Simplemente sabe entender bien y capitalizar lo que nos afana. Nos afana acabar con la guerrilla. Nos afana hablarle clarito a Chávez. Nos afana tener quien tome las riendas. Pero a la larga eso no nos saca del hoyo. Una sola persona no es, ni puede ser, sustituto de la nación. Es sólo la voluntad de un pueblo, la que dirige el verdadero rumbo. Mientras todos como pueblo sigamos mas preocupados por prescribirnos, que por alterar el origen de nuestras enfermedades, la espera entonces será larga.
Somos pues nosotros como pueblo, como nación, como agentes constituyentes del Estado, quienes debemos tomar las riendas. No se hará acá entonces la voluntad de Dios, ni se hará acá la voluntad de Uribe. Acá se hará la voluntad de todos. ¿Cuál será esa voluntad? lucha armada o acuerdo nacional, secuestrados o libertad, brecha o igualdad, pobreza o riqueza? No lo se. Abogo por todas las segundas. El cómo llevarlo a cabo, se los dejo para después.
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