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Ojala no nos trague

Tras los últimos acontecimientos en el país, resulta mucho más fácil reducir los eventos a su forma más simple. Esto es lo que hemos venido haciendo ya durante varias décadas. Pero el país no encontrará una solución al conflicto interno que ha vivido a lo largo de los pasados sesenta años si continuamos por este camino.

Si algo nos deja la amarga experiencia del conflicto colombiano, es la certeza de que a su solución no llegaremos por la vía armada. Esto aplica tanto al Establecimiento como a quienes están por fuera de el. Reducir entonces el fenómeno guerrillero en nuestro país a un asunto de combustión narcotráfico-alimentada y de terrorismo no nos acerca a la solución. Tampoco lo hace el reducirlo al enfoque simplista de que estos dos por separado o combinados, no son otra cosa que un problema de seguridad.

Las FARC, por más que representan para nosotros, la mayoría de los colombianos, el mayor riesgo de inseguridad en nuestras vidas, están lejos de ser un problema que podamos solucionar mediante el proporcionar a la población de un estado de seguridad. Las FARC, por más que cuyo principal combustible para facilitar su accionar sea el cultivo y tráfico de drogas, está lejos de constituirse en un cartel como lo fueran el de Medellín, Cali, La Costa, o similares. Sí, las FARC operan como cualquiera de estos lo hacía o hace, pero, o al menos no se ha hecho avidente a la luz de hoy, no lo hacen con fines lucrativos directos. Se lucra sí, pero la finalidad más visible que hay es la de la financiación de su lucha. Lucha que de paso se ha visto retorcida y desfigurada producto de la fuente misma de financiación. Aún dado esto, hasta donde yo se, ni Tirofijo ni el Mono Jojoy se han mandado a construir un zoológico o una mansión con grifería de oro puro. No van a las ferias de ganado, ni a las equinas, ni se han casado con las reinas del bambuco.

Supongamos entonces que hoy, por obra del Señor todopoderoso, el narcotráfico se acaba. Los efectos serían obvios. La guerrilla sufriría un golpe en uno de sus órganos vitales. Muy seguramente su aparato financiero se vendría abajo casi por completo y como resultado de ello un buen porcentaje de su fuerza humana regresaría a alguna de sus formas de trabajo o actividades previas al haberse enlistado libre o coercitivamente. Pero no pasarían muchos años antes de que la malicia indígena, de la cual sus líderes no carecen, les facilitara encontrar una fuente de combustible alterno de tan renovables características como las que hoy les ofrece el narcotráfico. Su resurgimiento entonces sería entonces inevitable. Quizás ya no se llamarían chusma o guerrilla, pero eso es lo de menos. Muestra de que mi hipótesis no es del todo descabellada es el hecho de que antes de que la guerrilla ganara control sobre la buena tajada que hoy tienen del pastel de las drogas, ahí estaban. Su financiación principal en los setenta y sesenta no era entonces el narcotráfico ni el cuidado mercenario de cultivos ilícitos, sino las vacunas y los secuestros extorsivos. No creamos entonces que el ya no tan comun asunto de las vacunas es producto único de un estado de seguridad. Es producto tambén de que la guerrilla ha encontrado una forma más lucrativa de financiación. El narcotráfico es eso, una fuente fácil de ingrsos. No el origen ni el fin del conflicto colombiano. El secuestro por su parte, también tiene ahora otro significado para la guerrilla. Otrora una fuente de financiación, hoy su mejor ventana al mundo.

Desde su nacimiento, la plataforma internacional de las guerrillas colombianas estaba basada en la viabilidad de un régimen social-comunista como forma de gobierno, respaldada por la sola existencia de la Unión Soviética y el surgimiento de movimientos pares en el globo. Hoy día, esa plataforma esta debilitada y el secuestro de figuras de la vida pública nacional constituye para ellos una de las ya pocas formas de abrir de nuevo las puertas al reconocimiento.

Detener una cosa o la otra, de nuevo, no nos sacará del atolladero en que estamos. Si de nuevo apelásemos a la fuerza celestial del todopoderoso y de la noche a la mañana amaneciéramos sin el estigma del secuestro en Colombia, la guerrilla no por ello se extinguiría como acto seguido del Espíritu Santo. Se vería sí afligida en su actual y más certera herramienta para obtener reconocimiento internacional. Se le cerrarían sus puertas propagandísticas más eficientes en el momento. Pero no se acabaría. Tirofijo y sus no faltos de inventiva colaboradores, tarde que temprano encontrarían otro camino hacia la ingrata búsqueda del reconocimiento de su no propiamente merecido estado de beligerancia.

La humanidad, como metáfora, tiene una necesidad de transporte. Se acabe hoy el petróleo o destruya Dios hoy todos los automóviles, no se va a extinguir esa necesidad de transporte. Igualmente, atacar el combustible del narcotráfico o lograr la liberación de todos los secuestrados, por más necesario que sea para calmar el astio acumulado hacia las FARC, no va a solucionar el conflicto en el que ha vivido Colombia durante los ya mal contados últimos cincuenta años. (Que bien pueden ser sesenta, setenta u ochenta, según cada quien quiera escoger el evento histórico de origen de su preferencia.) Dos cosas tienen que entender la guerrilla y cualquier otro grupo armado en Colombia. Primera, dado el entorno mundial y el cambio en el significado y las implicaciones de la palabra terrorismo, sus acciones armadas insurgentes pierden cada día más terreno frente a las alternativas negociadas. Segunda, conforme las nuevas alternativas políticas como las que representan el Polo Democrático Alternativo o los ya no pocos movimientos independientes de éxito que se han dado en Bogotá y Medellín se consoliden, el espacio político de la lucha insurgente se verá cada vez más reducido de lo que ya se encuentra. En contraparte, no son menos difíciles las cosas que deberemos entender y aceptar el resto de los colombianos. La necesidad de transporte de la que hablaba arriba se traduce en lo siguiente: el estado debe proporcionar si no igualdad al menos si capacidad de acceso y oportunidades a todos sus ciudadanos. Esta es nuestra local necesidad de transporte, la cual debe darse en primer lugar en términos de educación, y en segundo lugar en términos de trabajo, servicios básicos, alternativas legítimas de lucro y presencia institucional. El problema no es de seguridad. Es de oportunidades.

El reducido porcentaje que constituye la Colombia de opinión no conmoverá al destino que le espera al resto de nuestros compatriotas. Mientras sus opciones sigan siendo la pobreza, el olvido, el desplazamiento, o las armas, al resto de nosotros, aunque vivamos lejos de ella, nos tragará la selva.


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